Orto

(Publicado en EL PAÍS, Comunidad Valenciana, 17 de enero de 2002)

La recuperación de la memoria del periodo anterior a 1939 ha sido notable en las tres últimas décadas. La reconstrucción ha restituido acontecimientos, semblanzas y circunstancias y continua ofreciendo un fructífero terreno a la investigación histórica. La actitud de los observadores ha oscilado entre el análisis crítico de los conflictos sociales y políticos, matriz de posteriores desastres, y la recomposición ideal de una edad intelectual que se presume de oro y de los actores que la habitaron.

A fuerza de repetirse se ha fijado cierta idea de que la cultura de los años veinte y treinta era en España una cosa madrileña, con su inevitable Ortega, su eminente Marañón, su
portentoso Azaña, con una joven e impetuosa generación que cabía entera en una residencia de estudiantes de dimensiones modestas o se completaba con los amigos de paso llegados a la capital para ganarse un nombre en el mundo de las artes y las letras: finos marineros en tierra, unos, otros con rostro de pueblo y el talento todavía mezclado con el penetrante olor a rebaño. Aquel pudo ser un momento único, esplendoroso si se quiere, pero qué imagen tan pequeña de la cultura se nos trasmite con la versión mitificada de unas decenas de intelectuales, llegados casi todos de provincias al Madrid de Primo de Rivera y de la República que con tanta perspicacia registró Josep Pla en el libro que la evoca.

Esos años vieron crecer en otras partes toda suerte de promesas y razonables realidades, a menudo las mismas que atraía la Corte que pronto dejaría de serlo. Pues en un país de estructuras radiales las carreras académicas y administrativas que se preciaran, al igual que las vías ferroviarias, concluían en la capital y hasta principiaban de veras una vez se llegaba a ella. Sin embargo las ciudades de provincia, en la añeja denominación, parecían fuentes inagotables de creadores, nuevos profesionales y publicistas. El momento valenciano de los años treinta resulta único y para igualarlo no ha bastado el generoso arropamiento de los presupuestos públicos de nuestros días.

Las revistas culturales y políticas fueron un buen exponente de la época. Porque las revistas bien hechas son siempre una expresión orgánica del momento cultural o de la especialidad que reclama su atención. Cinco revistas significativas se publicaron en Valencia en los años 1920-1930: Taula de Lletres Valencianes, La Republica de les Lletres, Nueva Cultura, Estudios y Orto. Algunas fueron rescatadas en los primeros tiempos de la transición a la democracia en magníficas ediciones facsímiles, otras han dispuesto de estudios. Orto no había tenido tanta fortuna hasta ahora, en que ha sido reeditada por el Centro Francisco Tomás y Valiente de la UNED y la Fundación Instituto de Historia Social, con un oportuno y documentado ensayo de Javier Paniagua sobre la revista, su promotor y el contexto ideológico y político en que surgió.

Orto no fue el empeño de escritores con mayor o menor voluntad de alcanzar un estatus profesional en el mundo de la cultura ni el órgano de un partido u organización. Fue ante todo la empresa de Marín Civera, un valenciano cuyo trabajo inicial discurría en oficinas de consignación del puerto, contumaz lector de libros de economía, pensamiento, política, historia y movimientos sociales. Dentro del universo libertario de la época se inclinaba por el sindicalismo y en 1933 sería con Ángel Pestaña uno de los fundadores del Partido Sindicalista, alcanzando en 1937 su presidencia. Civera fue un entusiasta de las ideas al servicio de un proyecto de emancipación humana. En 1930 fundó en Valencia la editorial Cuadernos de Cultura, que llegaría a publicar más de sesenta títulos de divulgación política, sociológica, científica y literaria destinadas al hombre sin medios ni preparación que aspirase a ampliar su horizonte intelectual mediante el esfuerzo personal. Después crearía otros modestos sellos y una vez en el exilio mexicano ejercería la gerencia de una importante casa editorial.

Por encima de la actividad promotora y de una amplia obra propia, la tarea más peculiar de Civera fue la dirección entre 1932 y 1934 de Orto, “revista de documentación social”. En un tiempo de doctrinas cerradas e impermeables las unas a las otras, Civera creyó posible conciliar el sindicalismo de raíz libertaria y el marxismo de socialistas y comunistas en una síntesis inédita -como nos recuerda Paniagua- que probablemente responde a una lectura particular de ambas tendencias. En Orto se publicaron textos de Cornelissen, Besnard, Leval, Labriola, Nin, Pestaña y Nettlau. Pero también escribieron John Dos Passos, Henry Barbusse, Romain Rolland, Upton Sinclair y Ramón J. Sender. La dirección gráfica estaba a cargo de Josep Renau, quien daría a conocer dibujos de artistas internacionales a la vez que creaba viñetas inspiradas en la estética soviética, incluía sus primeros fotomontajes, reunía reportajes fotográficos con intencionados comentarios y cuidaba la tipografía de la portada y los encabezamientos.

Orto era una revista de reflexión política y cultural en el sentido más amplio que eludió la actualidad aunque en sus páginas puede seguirse el ascenso nazi en Alemania en la medida en que ofrecía una imagen descarnada de la deriva totalitaria del capitalismo. Porque la organización económica de la sociedad es el tema central de los veinte números de esta interesante publicación: la organización existente y las posibles alternativas, sus efectos sobre el trabajo y las ideas, la producción y el consumo, la cultura y las relaciones humanas, la educación y la religión; se ocupa de cuestiones como la sexualidad y la moral personal, la delincuencia y la eugenesia, la experiencia soviética, el nuevo cine, la literatura proletaria…

Discrepante con los dogmas, Orto supuso un esfuerzo por alimentar una cultura política para mayorías que aunara humanismo, libertad y planificación económica en una época en la que, como Sender escribió en sus páginas, la cultura había permanecido alejada del pueblo y el intelectualismo elitista, universitario, burgués, había dejado de ser atractivo para los jóvenes: “Nadie quiere ser un Marañón, un Jiménez de Asúa, un Américo Castro y mucho menos un Ortega y Gasset”. Quién lo diría setenta años después, cuando tantos profesionales de la idea y la pluma disputan la condición de Maestro. Pero entonces la tarea de alumbrar una nueva cultura y una sociedad distintas requería su orto. Y este se situó en Valencia. Cerca de 1400 páginas de gran formato en una cuidada reedición vuelven a dar testimonio de ello.

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