Escuchar está bien, ¿pero a quiénes?

El gobierno y la dirección del partido llevan tiempo afirmando que su problema consiste en explicar lo que hacen. Es parte del problema: es evidente que se explican mal.

La pregunta es si una vez explicadas las políticas aplicadas, que están salvando al país de caer en el abismo económico, y explicado que gracias a la orientación dada se están preservado las prestaciones sociales; si una vez comprendidas, simpatizantes, electorado y militancia se conformarán con tanto desempleo, con un horizonte laboral para los jóvenes tan desesperanzador, con los desahucios de las viviendas, la caída de los ingresos familiares, con los recortes de retribuciones de los funcionarios y de puestos en la administración.

Cuando se expliquen bien, deberán decirnos porqué las opiniones de Joseph Stiglitz, de un keynesianismo ortodoxo, partidarias de incrementar los impuestos, en particular los directos sobre el capital y sobre quienes más ganan, y de impulsar el gasto público, son propuestas perfectamente ignoradas. Lo paradójico es que Stiglitz es asesor de la Fundación Ideas, el laboratorio creado por el PSOE y puesto bajo la dirección ejecutiva de ex ministro Jesús Caldera.

Después de los titubeos iniciales, con el Plan E y el último empujón al gasto en infraestructuras, el giro forzado por el dictado del FMI, la recomendación de Obama (incapaz de resolver sus asuntos domésticos) y la insolidaridad de la Unión Europea –desde la Comisión al Banco Central, pasando por el directorio de facto franco-alemán, una burla al Tratado constitutivo de la Unión-, la política económica española se decidió por la ortodoxia monetarista: la guerra sin cuartel al déficit mediante el recorte del gasto público, el recurso a la deuda únicamente para enjugar su desviación actual, la reducción de la masa salarial y el incremento de los impuestos indirectos, como es sabido, los más injustos en proporción a la renta. Escuchar, se ha escuchado, pero a ese taumaturgo sin rostro y todopoderoso llamado “mercados”, que promete orientarnos, salvarnos y dejarnos en la más completa ruina.

La debilidad y crisis del sistema financiero español, del que las cajas de ahorro son su máximo exponente pero no el único, junto a la pérdida de garantías, están convirtiendo el crédito en un fantasma del que se conoce su existencia pero nadie consigue ver. El estancamiento económico y el incremento de la inflación hacen el resto, y juntos, con los restantes factores citados, como diría el clásico del balompié, achican el espacio del consumo y así es difícil jugar, salir adelante.

Explicaciones. Hacen falta. También exigencia de responsabilidades. Pero ante todo, faltan nuevas ideas que permitan afrontar la crisis económica y social, que ya es crisis política, desde perspectivas progresistas. Escuchar, hacer, explicar, está bien. Tampoco vendría mal pensar. Tampoco resultaría inoportuno situar las propuestas, las ideas y las acciones en un horizonte, definir la meta y el camino, acordar con quiénes, con preferencia, se desea andarlo.

Y entre tanto, el Partido Socialista debería ofrecer muestras inequívocas de austeridad y de buen gobierno, allí donde todavía lo ostenta. Eso sirve para la dirección nacional como para las direcciones territoriales, de repente arrebujadas en la fórmula Rubalcaba, como si del bálsamo de Fierabrás se tratara, sanador de todos los males y tapón momentáneo de los errores propios, los recientes y los actuales.

Con las elecciones generales convocadas para el mes de noviembre, sólo un resultado menos malo del que presagian las encuestas evitará un amplio y profundo estado de postración en la izquierda. ¿Es suficiente? Tal vez lo sea para los cuadros dedicados a la política profesional. En tal caso, es previsible que la indignación se dirija hacia ellos.

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