El presidente parte a la cruzada

(Publicado en EL PAÍS, Comunidad Valenciana, 12 de marzo de 2001)

Cuenta Amin Maalouf que la llegada a Oriente a finales del siglo XI de unos centenares de caballeros y decenas de miles de andrajosos fanáticos despertó fuerte prevención, seguida de horror por la toma de Jerusalén un día de julio de 1099. Durante dos jornadas los cruzados se entregaron a la matanza de los supervivientes y al saqueo de la ciudad que decían venerar. Degollaron a hombres, mujeres y niños, no respetaron a los imanes y a los ulemas, ni siquiera a los piadosos ascetas sufíes, destruyeron las mezquitas y se apoderaron de las riquezas. A la principal sinagoga, convertida en refugio de la comunidad judía, le fueron bloqueadas las puertas y se le prendió fuego, dándose muerte a quienes lograban escapar. Los sacerdotes cristianos de ritos orientales, custodios de la iglesia del Santo Sepulcro, fueron presos y torturados hasta que confesaron y entregaron la reliquia de la santa cruz. La conquista de Jerusalén por los cruzados se cobró más de diez mil víctimas “inocentes”. “Dios lo quiere” había dicho cuatro años antes el Papa cuando llamó a la “guerra santa” contra los infieles. Comenzaba entonces una lucha que se prolongó durante dos siglos y concluyó en la séptima cruzada que llevó la guerra de religión al norte de África de la mano del rey de Francia, a quien pronto Roma elevó a los altares con el nombre de San Luis.

En ese clima, mezcla de espiritualidad y ambición de dominio, se inscribió la conquista cristiana de la España andalusí. También Castilla tuvo su San Fernando y no faltó quienes postularon la beatificación de Isabel la Católica, la reina que conquistó Granada a los moros, libró al país de los judíos y ganó un nuevo mundo para la cristiandad. De aquella pretensión dio cuenta Alejo Carpentier en la novela El arpa y la sombra.

En los tiempos actuales está de más discutir a una institución en la que se mira una parte importante de la sociedad la facultad de regirse por sus propias normas. ¿Quién puede cuestionar el derecho de la iglesia católica a seleccionar de entre sus muertos -como los budistas hacen entre los vivos- las encarnaciones de la santidad, y rendir a éstos toda la devoción que los atormentados espíritus precisen en la búsqueda de consuelo? La certeza de que existen almas que por sus merecimientos gozan fehacientemente de la presencia de Dios e interceden ante su misericordia por los humanos forma parte de las creencias católicas. Por inverosímil que resulte a los agnósticos, la idea es merecedora de respeto. Gracias a ello disfrutamos además de una prodigiosa imaginería. Nada cambia el hecho de que durante siglos, cuando la iglesia tuvo la fuerza de su lado, se mostró implacable en la persecución de cuantos no compartían el credo oficial o su autoridad en asuntos terrenales. Por ninguna otra causa se ha derramado tanta sangre en la historia de la humanidad, dicen que dijo el ilustrado, aquél que ante el paso de una custodia descubrió su cabeza y dirigiéndose a sus escépticos acompañantes, explicó su conducta: “No nos hablamos, pero nos saludamos”. En ello consistía el ideal laico de la cortesía civil, así desde la distancia como de la comunión en los dogmas.

La iglesia de Roma, en uso de sus ritos, ha elevado a los altares a 233 personas muertas durante la guerra civil en el lado republicano, a los que el proceso de beatificación califica de “mártires de la fe”. Apenas constituyen una avanzadilla de los diez mil españoles que merecerán igual reconocimiento. Durante la Segunda República, la iglesia oficial y muchos católicos atrajeron sobre sí la ira de organizaciones y personas de la izquierda después que se hubiera mostrado beligerante frente al nuevo régimen y a sus reformas. Durante seis años alentó el repudio hacia el adversario político e ideológico y puso su influencia moral y sus medios de comunicación al servicio de las opciones más derechistas, poco o nada respetuosas con el orden constitucional y los valores democráticos. Si antes de 1936 fomentó la división civil, una vez tuvo lugar el alzamiento militar, bendijo la causa de los sublevados y la calificó de “cruzada”, de guerra santa contra los enemigos de Dios y de la patria.

La iglesia sufrió un elevado número de víctimas entre sus clérigos y uno mucho mayor entre sus fieles, a los que guió por una senda arriesgada. No sólo guardó silencio ante los crímenes del lado “nacional”, sino que los capellanes castrenses asistían a los reos diciéndoles que una muerte cierta, gracias a su inminente fusilamiento, les proporcionaba el raro privilegio de ganar el cielo con su arrepentimiento, como publica Julián Casanova en su reciente libro La Iglesia de Franco.

El tema siempre ha traído a mi memoria la inscripción de la losa bajo la cual, en la capilla de un pueblo valenciano, se guardan los restos de uno de los nuevos beatos, “inhumanamente fusilado… por la revolucionaria locura marxista”. La adjetivación, grabada en el mármol para las generaciones venideras, sin afirmarlo, viene a decirnos que se produjeron fusilamientos humanos, quizás los de un lado, justificados por una causa religiosa, y otros inadmisibles, como aquél, que en efecto lo fue. Viene también a señalar un culpable, poco importa la inexacta atribución ideológica, doblemente responsable, por loco y revolucionario. Nada nos dice, ni al parecer recoge el proceso de beatificación, sobre la jerarquía eclesiástica de los años treinta, que con su acción desmedida y el desprecio por las almas que no podían ser ganadas, auspició el sometimiento y la aniquilación purificadora de los cuerpos que las albergaban e, insensatamente, contribuyó a desencadenar sufrimiento y hasta su misma persecución. Por más que el crimen sea sólo crimen.

Allá los fieles veneren como deseen a los suyos. Pero, ¿qué hace en el Vaticano, en representación de los valencianos, de todos, creyentes y agnósticos, católicos y mormones, votantes suyos o de otros partidos, Eduardo Zaplana? Se dirá que sigue una costumbre nacida en los estados confesionales que lleva a las autoridades políticas del lugar de procedencia de los canonizados a asistir a un acto de exaltación religiosa. Pero sobre la beatificación de estos 226 valencianos pesa la sombra de la participación o, en el mejor de los casos, de su utilización en una pugna política. Su martirio no fue muy distinto del que se infringió a los cruzados en el pasado. En efecto, bastantes morían por sus convicciones pero también porque éstas les habían llevado a actuar de un determinado modo que tenía consecuencias indeseadas sobre los demás.

Los ahora beatos fueron a un tiempo víctimas de la furia anticlerical y de la iglesia oficial, como hoy los son de la “verdad” histórica. Sea por una buena causa, sí, pero ¿cuál?. Con su presencia en Roma, ante el Papa, el presidente de la Generalitat se suma a la vieja cruzada del 36 y pierde la oportunidad de marcar distancias respecto a una maniquea interpretación del pasado, una versión que no sólo es impugnada por la mayoría de los historiadores y un amplio sector de la sociedad civil, sino que mereció la reprobación de Juan XXIII y de Pablo VI, que paralizaron el proceso ahora  impulsado. El poder tal vez valga una misa.

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