Elogiemos a hombres famosos

(Publicado en EL PAÍS, Comunidad Valenciana, 24 de abril de 2001)

Una de las funciones más evidentes asignada a la Historia consiste en ordenar el combate permanente que la memoria libra con el olvido. En la elegía Elogiemos ahora a hombres famosos el escritor norteamericano James Agee se ocupaba de las existencias corrientes ocultadas por la ausencia de esos actos que se tienen por memorables, y les dedicaba las siguientes palabras: “hay quienes no han dejado ningún recuerdo; que perecieron como si nunca hubieran existido; y han desaparecido como si no hubieran nacido nunca; y sus hijos después de ellos”. Existen sociedades que también se permiten ignorar las individualidades que jalonan su pasado.

A diferencia de otras culturas, la valenciana carece de un verdadero panteón oficial de hijos ilustres en sus diversas categorías de dioses menores, héroes y figuras emblemáticas de las artes, las ciencias y las letras.

Posiblemente no debamos lamentarlo. El buen rey Jaume, el milagrero Vicent Ferrer, el discutido y más universal de sus escritores, Vicente Blasco Ibáñez, ocupan por aproximación ese papel. Los aspirantes son sometidos a un proceso de apropiación selectiva, de exaltación beatífica y de conversión en símbolos susceptibles de asumir un papel ejemplarizante o de refuerzo de una identidad. Los románticos del siglo XIX y los autores renaixentistas hicieron lo posible por ampliar la nómina. El empeño apenas sirvió para llenar los callejeros de las ciudades con nuevos rótulos, carentes hoy de significado pues nada ilustra las personalidades que dan nombre a las vías excepto por la valenciana costumbre de añadir el oficio al que debió lafama.

Los herederos de la empresa romántica buscan crear una liturgia laica como parte de un imaginario colectivo que muy a su pesar resulta indiferente a la mayoría de quienes debieran reconocerse en él. Recurren a la exaltación desmedida y fabrican santones por elevación de anécdotas a categorías. Sin el menor decoro, prescinden de cualquier mirada distante y lo mismo convierten a un literato esforzado en símbolo de las letras universales como se entusiasman recordando a un banquero franquista o reivindican a un desaprensivo pontífice del renacimiento presumiendo el poder que presuntamente tuvo este país sin preguntarse quién lo detentó. Y sin embargo existe una amplia nómina de hombres y mujeres cuya huella, lejos de usos instrumentales, merece ser recobrada como parte de una memoria crítica que contribuya a explicarnos lo que hemos sido y a lo que algunos dieron lugar. De uno de esos casos se ocupa la historia que sigue.

Nuestro personaje salió un día de Borriol a recorrer el mundo al servicio a la Corona, cuando la carrera de armas se tenía por un oficio noble, garantía de riesgo y ventura para hidalgos sin fortuna. Eran tiempos en los que no se podía confiar en más putter que en la espada y el mejor green se encontraba en las inabarcables posesiones de ultramar. A ellas se dirigió a comienzos del siglo XVIII José Caballero y Brueso, nacido en Borriol en 1676. Atrás quedaba un conflicto dinástico, civil y foral que le fue indiferente -no lo sabemos- o que le llevó a tomar parte por los Borbones, lo más probable.

En La Habana, Caballero sentó plaza y alcanzó el empleo de coronel en jefe de ingenieros. Las campañas militares le llevaron a la Florida y le tocó en mala suerte participar en la defensa de Pensacola de 1719 ante los franceses, quienes lo hicieron prisionero. Devuelto a Cuba, se le confió la dirección de importantes obras de ingeniería, como el castillo del puerto de Jagua y la terminación del recinto amurallado de la capital. Casó en la isla y en ella nació Bruno José, fiel émulo del padre, así en la profesión como en el infortunio: fue teniente coronel y en 1762 vivió la entrega de La Habana a los ingleses.

La prole de la tercera generación de los Caballero, oriundos de Borriol y habaneros de adopción, fue extensa y rica en merecimientos. Si hasta entonces se hizo buena –y redundante- la sentencia cervantina de que “más propias son de los caballeros las armas que las letras”, a los hijos de Bruno les tocó vivir la época en que la región fue ganada para el azúcar. Mientras se extendían las plantaciones y se poblaban de negros esclavos, la familia pasó de las armas al cabildo y a la Iglesia. Luis Ignacio fue regidor perpetuo de La Habana, alcalde ordinario de la ciudad e inició un expediente de nobleza. En esa posición, pudo casar a su hija con un coronel de milicias, Antonio de la Luz. Del hijo que tuvieron nos ocuparemos después de atender al séptimo vástago de Bruno, José Agustín Caballero.

José Agustín, nieto del borriolense, siguió la llamada de la Iglesia, destino frecuente de quienes ocupaban un lugar rezagado en las familias numerosas. Fue doctor en teología y destacó en la enseñanza de la filosofía en el Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, la principal institución educativa de la colonia, de la que fue su director. Genuino representante de la Ilustración habanera, perteneció a la Sociedad Patriótica, creada a semejanza de las Sociedades Económicas de Amigos del País, y fue el maestro de las cultivadas élites insulares. A él se debe el primer proyecto de autonomía para la isla. Pero la figura del egregio educador está asociada a la formación de un sobrino nieto, José de la Luz y Caballero, cuya presencia se atisba y abandona al concluir el párrafo anterior.

Luz y Caballero nació en 1800 y falleció en 1862. Después de pasar por el seminario que dirigía su tío, ocupó la cátedra de filosofía antes de emprender viaje a Estados Unidos y a Europa. Aquí conoció a figuras tan señeras y distintas como Humboldt, Goethe, Michelet y Walter Scott. En París lo mismo se ocupó de adquirir instrumental de laboratorio como fue  editor de los viajes a Oriente de Volney. De regreso a Cuba participó en el movimiento liberal reformista, escribió en publicaciones prestigiosas, redactó un valiente alegato en defensa de la primacía de la ley con el que pretendía evitar el destierro de un amigo, se tituló de abogado y fue secretario de la sociedad que introdujo el ferrocarril en Cuba siete años después de Inglaterra y once antes de que lo hiciera España. Pero su principal dedicación fue la educación. Fundó el Colegio del Salvador, dotado de los métodos más modernos y guiado por la inquietud de enseñar a razonar. Y es que nuestro autor es el primer filósofo cubano y el intelectual que ideó un sistema de transmisión de conocimientos que dejaba atrás el escolasticismo y partía de la observación y de las ciencias físicas para acabar en el cultivo de la lógica. La obra escrita debió servirse en ocasiones de pseudónimo, pues sus ideas entraron en conflicto con la mentalidad colonial de las autoridades.

José de la Luz y Caballero, de los Caballero de Borriol, pasa por ser el primer pensador que en Cuba reflexionó sobre la singularidad del “criollo”, que es el nombre que se dieron los americanos cuando comenzaron a pensarse diferentes. Por ello, y con razón, se le considera el precursor del nacionalismo de su país, el mismo que medio siglo después expresó en inequívocos términos políticos el descendiente de otro valenciano, José Martí.

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