Sólo humo

(Publicado en Levante-El Mercantil Valenciano, 9 de mayo de 2007)

Del tabaco sólo queda la virtud de quien lo labora, escribió José Martí, ese vástago de un valenciano que a finales del siglo XIX identificó como nadie la marcha de su país hacia la libertad. Martí, de una austeridad extrema, pasó por alto el placer efímero de las sustancias transportadas por la combustión de esa planta y olvidó mencionar los ingresos que proporciona al fisco; después sabríamos de los efectos perniciosos que la adición al consumo de la hebra ocasiona en la salud. Únicamente vio trabajo y materia convertida en humo. Puro humo, sólo humo, oímos a menudo, quitándose importancia a cuestiones de apariencia momentánea y que se disuelven por sí mismas. Del humo antes de desvanecerse en el aire queda una visión nublada de las cosas y tal vez una irritación pasajera de la vista; más desafortunado es quien resulta víctima de una asfixia letal. ¿Qué queda de las promesas electorales incumplidas? Apenas el olvido, sin antídotos ante las nuevas ofertas, ante la siguiente intoxicación.

Durante doce años una misma mayoría política –estos días con signos de división interna- ha dispuesto de un amplio predominio político en las Cortes valencianas y ha proporcionado tres presidentes de la Generalitat: Zaplana, Olivas, Camps. El Partido Popular ha gobernado también los principales ayuntamientos y las tres diputaciones provinciales, en algunos casos por espacio de dieciséis años, incluidos los días en que uno de sus titulares prestaba declaración en el juzgado por diversas imputaciones. Los jóvenes menores de treinta años no han conocido una Administración autonómica de orientación política distinta desde que han visto reconocida la facultad de elegir. Durante este periodo se han inaugurado numerosas realizaciones, afortunadas unas veces y discutidas otras. Va con el oficio y con la confianza depositada en las urnas por los ciudadanos. Pero, ante todo, son el resultado de haber dispuesto del presupuesto público y de la capacidad de endeudarnos hasta límites más allá de lo razonable, porque básicamente la deuda no ha supuesto un enriquecimiento del tejido productivo, un incremento de la competitividad o la atracción de grandes inversiones, que sólo el necio (en palabras del poeta, aquel que confunde valor y precio) es capaz de identificar con gasto. Tampoco ha mejorado los ratios de bienestar de los valencianos en comparación con los de otras comunidades sobre los que pesa una hipoteca muy inferior.

La existencia de un proyecto coherente hubiera ayudado a establecer las reglas de la discusión sobre esas propuestas, en el hipotético caso de que el Consell hubiera estado interesado en la existencia de reglas claras y en reconocer a la opinión pública espacios suficientemente autónomos como para respetarla sin temerla. Nada interesa si no puede ser controlado. Tal parece haber sido el lema de la Administración del Partido Popular, con unas pocas excepciones. Al margen de quienes se dedican a la política profesional y al periodismo, tampoco aquí es habitual la tendencia a intervenir en los asuntos ciudadanos emitiendo opiniones y valoraciones críticas. Alguna causa sociológica habrá. O quizá se deba a un acto condicionado, cuando se mantiene en el recuerdo el desamparo al que fueron abandonados los intelectuales que en el pasado fueron objeto de descalificaciones y hasta de agresiones, y cuando durante años se han creado incentivos generosos dirigidos al mundo de la cultura para compensar la docilidad. Como habrá también una explicación a la reacción irritada del PP ante las voces distintas o disconformes, sea en los medios escritos, con motivo de la TV3, cuya captación ha sido posible gracias a una entidad cultural privada valenciana, sea una plataforma de creadores audiovisuales… Irascibilidad o ninguneo. Que se lo digan a la Asociación de victimas del metro que vienen manifestándose el día tres de cada mes, sin ser recibidos por el presidente Camps y sin cobertura alguna de Canal 9. Ay, el humo se nos hizo tóxico.

Pero vayamos a los anuncios, que a diferencia de las de realizaciones carecen de sobrecostes. En los últimos años el Sr. Camps se ha especializado en declaraciones hechas al vuelo con la finalidad de transmitir la sensación de atender los intereses de los ciudadanos y de desvivirse en una febril actividad. La política de promesas que no existe voluntad de cumplir tiene dos efectos, a cual más negativo: crea un espejismo, pues reduce la vida política e institucional a una ficción, y conduce al descrédito de las vías participativas, finalmente también al desengaño, donde se confunden los servidores públicos y los embaucadores.

Como reacción a este fenómeno, desde las universidades valencianas hemos creado el foro cívico Verificar: para conocer y comprobar, para cotejar propuestas y realizaciones. En nuestra página web (verificar) ofrecemos 100 falsedades anunciadas por el presidente Camps y su Consell en los últimos cuatro años en salud (camas hospitalarias, listas de espera, creación de puestos de trabajo, dentista gratis para la tercera edad, plan de salud mental, plan autonómico del Alzheimer, etc.), educación (mapa escolar, escuelas infantiles 0-3 años, supresión de barracones, escuelas de idiomas, salarios para universitarios buscadores de primer empleo), vivienda (fomento de las VPO, alquileres fáciles para jóvenes), infraestructuras (autovías, malla ferroviaria), planes industriales y de innovación empresarial, agricultura (modernización de regadíos, rentas agrarias dignas, mercados exteriores), incremento de la cooperación internacional… Véase lo anunciado y lo cumplido. A los hechos nos remitimos. ¿Quien recuerda el Instituto del Agua, el Centro de Alto Rendimiento Deportivo, el Megaespai de Castelló, la Ciudad de las Lenguas, la Ciudad de la Pelota, la Ciudad del Ocio de Benicàssim, la Esfera Armilar o, la maravilla de las maravillas, la Ciudad de la Euforia, anunciada en 2003?

No bastante con los anuncios olvidados, ahora el Sr. Camps se presenta a la reelección prometiendo 1.700 medidas. La imaginación parece dejar paso al surrealismo. O quizá vivimos, no ya en una ciudad, sino en la comunidad de la euforia, donde comienza vendiéndose el mismo humo varias veces y se acaba por desconocer cuántas personas tienes censadas en tu casa.

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