El retablo de Moa

(Publicado en Las Provincias, 26 de enero de 2006 )

Las páginas de Las Provincias acogieron el pasado día 13 las opiniones de Pío Moa sobre la actitud presuntamente golpista de Manuel Azaña durante la Segunda República, de consuno con la voluntad de los socialistas de apoderarse en 1934 del poder desencadenando una guerra civil. El pretexto para esta cuña publicitaria lo proporcionaba unas palabras mías en respuesta a un periodista, en las que afirmaba que la tesis sobre Azaña carecía de fundamento, juicio que comparte la gran mayoría de los historiadores que han tenido la ocurrencia de conocer las opiniones de este curioso personaje.

Como Moa no desaprovecha oportunidad de promocionarse, era previsible que acudiera a uno de sus pasatiempos favoritos: acusar de ignorancia a un universitario y fabricar una polémica que permita su presencia en los medios de comunicación. Me apresuro a declarar, por lo tanto, mi intención de no volver a intervenir en contrarreplicas y otras zanganadas que directa o indirectamente vayan en provecho de este conocido trilero.

Creo haber sido comedido al escoger las palabras. Dije ausencia de fundamento cuando podía calificar sus libros de recopilación de patrañas publicadas para desinformación de incautos y solaz de los nostálgicos del guerracivilismo, aquellos que haciendo abstracción del coste en vidas humanas y otras catástrofes siguen creyendo que la contienda de 1936 fue inevitable habida cuenta del peligro que para España, la Iglesia católica y la propiedad representaba un gobierno de izquierdas. Pues las tesis que Moa sostiene han sido reiteradas veces desmentidas por la investigación histórica en unos casos, son admitidas en otros –la existencia de una corriente antiparlamentaria en el PSOE- y en general carecen de la novedad que les atribuye su autor. De hecho, el cargo principal que hace a los republicanos y a los socialistas fue gestado con fines propagandísticos durante la guerra civil en el ministerio del Interior: allí se elaboraron varias publicaciones ilustrando los “crímenes” de la época anterior al “alzamiento nacional”, y por orden de 21 de diciembre de 1938 Serrano Suñer creó una comisión destinada a “demostrar plenamente la ilegitimidad de los poderes actuantes en la República española en 18 de julio de 1936”. El dictamen, a medida del encargo, proporcionó los argumentos de la Ley de Responsabilidades Políticas de 9 de febrero de 1939 que perseguía y sancionaba las actuaciones –también las pasivas- que desde 1 de octubre de 1934 hubieran contribuido a crear o agravar la subversión previa a la guerra necesaria. El libro de combate Historia de la Cruzada española, dirigido por Joaquín Arrarás y publicado en 1939, dio curso a la interpretación política de la que Moa obtiene ideas y beneficios.

He calificado de “personaje” al autor y no quisiera que se tomara por una desconsideración personal. El escritor Fernando Pessoa era capaz de inventarse personalidades distintas a través de los heterónimos con los que firmaba sus libros. Lo de Moa está más próximo al estilo de ese cómic castizo tan conocido, donde el protagonista se nos presenta en cada viñeta con su disfraz de ocasión: cuando conviene, es una víctima de los historiadores que se han conjurado para ignorarlo del mismo modo que han falsificado la historia de España en los últimos treinta años; si puede, sostiene que es objeto de persecución por sus ideas, prescindiendo, por ejemplo, del trato exquisito que le ha reservado el Aula de Las Provincias, al invitarle a una conferencia y al auparlo en los días previos y posteriores con varios artículos en el diario, incluida la elogiosa consideración de F. Puche que nos lo presenta nada menos que como un antiguo antifranquista y un audaz historiador que se atreve a ir a contracorriente (Las Provincias, 30 de noviembre de 2004). Otras veces nos recuerda que fue miembro de una banda terrorista, el GRAPO, pero ya sabemos que su público se regocija más con la conversión de un adversario que con la fidelidad probada de cien adeptos. Y para tranquilizar las conciencias de quienes compran sus libros, se nos aclara que no intervino en delitos de sangre, como si su pertenencia a la dirección del grupo que ordenaba los atentados y segó una docena de vidas mientras estuvo en activo, sólo hubiera sido para él, su responsable de propaganda, un macabro spot.

El terrorista se hizo escritor y por arte de magia vino a ser historiador, como si escribir en un periódico fuera suficiente para hacer un periodista, vestir sotana en carnaval convirtiera a uno en sacerdote o redactar un anuncio por palabras nos sirviera para diplomarnos en marketing. Leopoldo Alas ya nos previno sobre la elección de Cánovas del Castillo para la presidencia de la Academia de la Historia, que no hizo de él un historiador, del mismo modo que la presidencia de la Academia de la Lengua tampoco logró que Pezuela aprendiera a usar la suya. Con todo, podemos convenir con Juan de Mairena que “la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero” (ya sabemos la replica del porquero: “No me convence”). Sucede que el método de Moa tiene más que ver con el arte del manipulación que con el oficio de historiador: prescindiendo de cuanto han investigado otros, se limita a hacer afirmaciones, esencialmente juicios de valor políticos, que salpica con fragmentos de citas, sin importarle el contexto del que proceden éstas, la validez de la información citada o un origen interesado que puedan restarles credibilidad. Aficionado como fue al golpe del percutor, tampoco parece estar familiarizado con las más elementales nociones políticas, entre ellas, el procedimiento y significado de un golpe de estado. Así, en su artículo se limita a reiterar viejas acusaciones que respalda con fragmentos de memorias de varios rivales políticos y una consulta al Partido Socialista sobre una situación que no llegó a producirse. Pero en nueve ocasiones menciona en su artículo las palabras golpe o golpismo, referidas al tema. Es lo que queda en el lector.

Quizá suceda con Moa y sus historias lo que refiere Cervantes en El retablo de las maravillas, cuando un grupo de comediantes sin obra ni tramoya hace creer al público que su función sólo podía ser contemplada por cristianos viejos, y por cautela nadie del público se atreve a desenmascarar el engaño. En las variaciones sobre el tema que representa Els Joglars estos días, Albert Boadella apela a la actualidad de la trama, resumida en la paradoja de “cómo los cretinos pueden vendernos la nada a costa del temor de sus semejantes a pasar por cretinos”.

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