El pasado, ¿otro país?

(Publicado en EL PAÍS, Comunidad Valenciana, 27 de junio de 2001)

El pasado es otro país, afirma un dicho inglés. El aforismo viene a sostener que la experiencia de la mirada retrospectiva no es muy distinta a un viaje donde contemplamos panoramas diferentes de aquellos en los que se desenvuelve nuestra existencia cotidiana. Cualquier bachiller medianamente formado dudaría de una locución que niega continuidad a las sociedades e ignora el lugar de los antecedentes en las trayectorias individuales y colectivas. El pasado contribuye a explicar el presente, seamos o no conscientes de ello, del mismo modo que la vida sigue aunque lo desconozcamos todo sobre el principio de la relatividad o las funciones del bazo.

A diario descubrimos que son frecuentes las actitudes alentadas por un estado de opinión próximo al aserto inglés, o gracias a la opinión que pretende crear estado. Pensemos en la memoria que se transmite de la guerra civil, los años de plomo del franquismo o el desarrollismo de los sesenta. La primera es asimilada a una fatal incomprensión que ocasionó excesos inconcebibles; de la posguerra suele hacerse abstracción del régimen y se destaca la carestía y el mérito de la supervivencia; de los sesenta queda la imagen en blanco y negro de un raquítico subdesarrollo en vías de superación. Son estampas, en efecto, que parecen extraídas de otro país hasta que, por ejemplo, en los viejos noticiarios logramos reconocer ataviado con uniforme de gala del Movimiento Nacional al hoy presidente de honor del Partido Popular, Manuel Fraga.

A los veinticinco años de la instauración de la democracia persiste la idea de que es preferible no remover cuanto guarde relación con aquellos tiempos. Únicamente la Iglesia católica camina en sentido contrario, con su legión de “mártires de la fe”. El pasado, sin embargo, retorna periódicamente. La exhumación del proceso penal al que se vio sometido el profesor Juan Peset recupera una nueva e ignominiosa página del franquismo. Marc Baldó, María Fernanda Mancebo y Salvador Albiñana son los autores de un encomiable trabajo de recuperación histórica que permite conocer de manera descarnada la naturaleza y los mecanismos de la represión del régimen implantado en 1939. El doctor Peset Aleixandre había sido rector de la Universidad de Valencia de 1932 a 1934 y en 1936 fue elegido diputado a Cortes en las listas del Frente Popular por Izquierda Republicana, el partido que presidía en la provincia de Valencia. De nada le valió su dedicación a tareas humanitarias antes y durante la contienda, ni el auxilio prestado a los perseguidos de las milicias. Por dos veces fue sometido a consejo de guerra en marzo de 1940. La primera sentencia le impuso la pena de muerte y recomendó el indulto. Dos días después la Delegación de Sanidad de Falange remitía al auditor de guerra el texto de una conferencia que Peset había pronunciado en 1937 y lograba una segunda sentencia en la que se omitía la mención a la posible medida de gracia. En mayo de 1941 el Ministerio del Ejército certificaba el “enterado” de Franco y poco después el reo era fusilado.

Procés a Joan Peset Aleixandre proporciona una semblanza del personaje, analiza el proceso sumarísimo e incluye una reproducción facsímil del expediente. La publicación de un material tan revelador ha estado acompañada de un merecido homenaje universitario. La ocasión ha servido para que el actual rector anunciara que la Universidad reclamará al ministro de Defensa la revocación de la sentencia por la que se condenó a su lejano predecesor, un hombre bueno en el más exacto sentido machadiano.

Las reparaciones históricas poseen un poderoso carácter simbólico. Todos sabemos que no mueven un ápice los hechos ni sus efectos sino que más bien sirven al presente y buscan proyección de futuro. La genuflexión de Willy Brandt ante el monumento al ghetto de Varsovia en 1970 hizo más por la reconciliación alemana con los judíos y los polacos que muchas palabras. La coherencia es un requisito de cualquier reparación y en su ausencia anida la sospecha de oportunismo. Juan Pablo II ha pedido perdón por los excesos de la Inquisición en siglos pasados a la vez que mantenía la condena que en 1985 impuso la Congregación para la doctrina de la fe al franciscano Leonardo Boff por un libro sobre la teología de la liberación. La exigencia de rectificación debe evitar también situaciones extemporáneas. Hace algunos años varios diputados autonómicos pretendieron que el rey Juan Carlos se disculpase por la actuación de Felipe V en la guerra de Sucesión que condujo a la supresión de los fueros valencianos en 1707. El gesto simbólico –lo era ante todo pensando en los electores- procedió de políticos que inesperadamente mudaban la condición de ciudadanos por la de súbditos y esperaban nada menos que un favor real en razón de la continuidad dinástica, con olvido de que la legitimidad institucional de la monarquía y sus funciones nacían de la Constitución de 1978. Por una lógica similar podía esperarse de las autoridades universitarias que pidieran público perdón por las expulsiones y otras persecuciones dispuestas o permitidas por los rectores durante la etapa franquista contra profesores y estudiantes. Al parecer la política mediática reclama prácticas gestuales. Pero sería desconcertante descubrir que el ministro de Defensa pueda ser hoy ser considerado sucesor de la autoridad militar establecida en 1939 y posea competencias para enmendar o anular sentencias de entonces.

Al solicitarse la revisión de un juicio de clara naturaleza política se hace entrar el caso del doctor Peset en el terreno de los errores judiciales que deben ser reparados, pero  eso solo es posible haciendo abstracción de la situación general que comprendió a los vencidos y se cobró decenas de miles de vidas. ¿Por qué no revisar cada una de las sentencias condenatorias dictadas por los vencedores? Y puestos a retrotraer los principios del estado de derecho que nos rige, ¿se revisarían también los juicios celebrados por los tribunales populares durante la guerra sin garantías procesales para los detenidos? Además de concluir que el horror es un error, ¿habremos mejorado nuestra comprensión de los fenómenos que explican esa página del ayer?

La petición al ministro la encabeza un historiador que seguramente no ha olvidado las sencillas reglas del oficio en los casi tres lustros que lleva de dedicación a tareas de gestión académica. No faltará quien conjeture que el gesto guarda relación con la agenda pública futura de quien en unos meses ha de abandonar la condición de rector.

Cuando es posible encontrar más información sobre los años de posguerra en la canción de Joaquín Sabina “De purísima y oro” que en el bagaje cultural de la mayoría de los universitarios, más valdría devolver la memoria sobre parcelas del pasado en lugar de pensar en abolirlo selectivamente. Y antes de que la razón pragmática acabe de adueñarse de nuestras universidades, bien podrían ofrecer a cuantos estudiantes lo desearan la oportunidad de conocer los dos últimos tercios del siglo XX español, sin ocultamientos ni prejuicios, teniendo por objetivo la formación de un pensamiento informado y crítico, el que se espera de un profesional, mejor, de todo ciudadano. Porque el pasado es otra forma de comprender el mismo país.

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