Contingencia y obscenidad

(Publicado en EL PAÍS, Comunidad Valenciana, 3 de abril de 2007)

En octubre de 1957 el río Túria se desbordó y arrasó las viviendas que jalonaban sus riberas a su paso por Valencia. Por dar una cifra oficial, las autoridades dieron la de 81 muertos y mencionaron que más de cuatro mil personas habían quedado sin vivienda. ¡Ah, la naturaleza! ¡Oh, el destino! Poco más tarde se iniciaría la gigantesca empresa de desviar el cauce del río a su entrada en la ciudad, después de concluir que las crecidas súbitas y periódicas de aquél, propias del régimen mediterráneo de precipitaciones, permitía presagiar la repetición del acontecimiento en fecha tan incierta como segura.  En la España de aquel entonces nadie pidió responsabilidades. ¿A quién hacerlo? ¿Con qué motivo? Sólo algunos, el alcalde de Valencia, Tomás Trenor, y el periodista Martín Domínguez, lamentaron la falta de diligencia oficial en atender la desgracia y fueron obligados a dejar la alcaldía y el periódico que el segundo dirigía.

Hoy retorna el mundo de la contingencia con la catástrofe sucedida hace nueve meses en la línea 1 del metro de Valencia, el ferrocarril suburbano que atraviesa la ciudad y acerca a multitud de pasajeros, y que un día de verano transportó el dolor y la desesperanza con el resultado rotundo de 43 muertos y 47 heridos.

Mala suerte, pensaron algunos, que en año preelectoral le sucediera esta desgracia al Consell, mientras preparaba la visita papal y los veleros de la Copa del América dibujaban una bonita estampa en el litoral. Mala suerte, la de los viajeros que tomaron el metro el día inadecuado, en la mala hora, en la línea del traqueteo especial al atravesar cierto tramo sobre el que bromeaban los pasajeros. Una fatalidad mayor, la mayor de las fatalidades hizo que ese convoy estuviera destinado a entrar en la famosa curva a una velocidad superior a la razonable, a saltar los raíles y a colisionar con el muro de hormigón, a no encontrar la baliza que hubiera advertido del feroz impulso del tren, según sostienen los técnicos y recoge un auto judicial que los familiares han percibido frío como la hoja que hiere sus esperanzas de justicia; baliza que de todos los que podían decidir su instalación, nadie había acordado hacerlo. ¿Viajan en metro los directivos de la compañía de Ferrocarriles de la Generalitat? ¿Lo hacen habitualmente los ingenieros que perciben sus haberes de esa institución? ¿Cuándo viajó por última vez en metro el Conseller de Infraestructuras y Transportes? ¿Cuántos conselleres lo utilizan en sus horas y días de asueto?

Los portavoces de las organizaciones empresariales, erigidos en portavoces de la sociedad civil, periódicamente reclaman mejores infraestructuras: se quejan del retraso en la construcción del AVE que un gobierno central prometió un día y dejó el poder ocho años después con apenas 46 kilómetros en obras; solicitan autovías y piden una solución de futuro a la expansión del puerto de Valencia, conscientes de la competencia de su explotación deportiva, lúdica e inmobiliaria; protestan por la nueva Terminal de Manises apenas ha sido ampliada. Todas son vías de progreso, en su opinión insuficientemente respaldadas por el Gobierno central. Todas son vías de superficie. El suburbano, como si de una canción de Joan Manuel Serrat se tratara, es asunto de otros, de gente corriente que acude de sus hogares al trabajo y a la universidad, de amas de casas que mueven los labios mientras viajan hablando consigo mismas de sus problemas y los encargos que esperan cumplir, de jubilados que aprovechan sus bonificaciones para observar a empleados, estudiantes, amas de casa, emigrantes buscadores de empleo, rateros de tres al cuarto, funcionarios entre horas, todos ocupados o escapando de las ocupaciones que ellos han dejado atrás.

La respuesta de los poderes públicos a la catástrofe del metro nos ha convertido la vida de los valencianos en pura contingencia, en una posibilidad de que las cosas sucedan de un modo determinado o en el último instante se entreguen en brazos del azar. La noción de previsión ha quedado reducida a una buena intención sin consecuencias ciertas. De modo que existe un modo de razonar poco provisorio que devuelve a la Providencia nuestro destino, el célebre juego de dados que, según Einstein, aquélla había dejado. Y al destino parece encomendado cada uno de los pequeños pasos que nosotros, seres insignificantes en la inmensidad del universo, damos a lo largo de la existencia. Es algo así como el retorno al pensamiento mágico pre- y tridentino, ajeno todavía al razonamiento lógico cartesiano, científico, donde a ciertas causas corresponden determinados efectos, donde ante ciertos errores o negligencias hay responsables identificados, rasgo específico de las Administraciones modernas en los países desarrollados.

El todavía Conseller de Infraestructuras y Transporte recibió finalmente a los familiares y en el curso de la audiencia les reprochó que utilizaran con fines políticos a los muertos y heridos habidos en un medio de transporte de titularidad pública. El discurso de los neoconservadores norteamericanos apela al “conservadurismo compasivo” para explicar por qué los pobres de solemnidad mantendrán alguna asistencia cuando se haya liquidado el Estado de Bienestar. El discurso de la Generalitat Valenciana que preside el señor Camps en ningún momento se propuso mostrase compasivo ante la demanda de dignidad y responsabilidad de unas personas que habían perdido a seres queridos o, lo que resulta más complejo, en lugar de convivir con un trauma han de armarse del coraje que exige reanudar la vida después de la terrible experiencia y han de convertir las secuelas en una diferencia más, en una sociedad en la que todos somos distintos.

Después de la catástrofe del 3 de julio de 2006 del metro de Valencia -me resisto a llamarlo “accidente” (hecho casual, fortuito: fortuito es hallarse ahí, en el convoy fatal y en el momento fatídico), en dejarlo en una fecha (3-J) que pronto se confundirá con otra tragedia singular o una cita electoral, o a invocar el nombre de la estación en cuyas inmediaciones la muerte se vistió de macabro revisor-, después de aquella catástrofe, decía, la política se nos ha hecho obscena y lo que teníamos por dignidad moral apenas parece un ejercicio de cobardía.

Este 3 de abril, nueve meses después de la mayor catástrofe que esta ciudad ha vivido en el último medio siglo, en la segunda mayor de su historia reciente en tiempos de paz, se nos invita a marchar por las calles de Valencia, de la estación de Jesús al Palau de la Generalitat. ¿Dónde estará a esa hora su inquilino? El tiempo de duelo ya ha pasado pero permanece la indignación por la indiferencia de los responsables directos y superiores, que han tenido la oportunidad de expresar su lado más humano y solidario, o el más consecuente con el ejercicio de sus funciones públicas, y lo han dejado pasar.

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