Dímelo en latín

(Publicado en Levante-El Mercantil Valenciano, 30 de marzo de 2008)

La escena transcurre una noche calurosa en la veranda de la casa principal. Los esclavos de la plantación se hallan encerrados en sus barracones y la dueña ansía saber lo que hacen. El capellán los espía con unos prismáticos y se azora. La señora le pide una descripción y el cura, a un tiempo escandalizado y capturado por lo que observa, se resiste. El ama, resuelta, encuentra la solución: “Dímelo en latín”. Y el sacerdote, liberado de la lengua vulgar, describe entonces las procacidades que se ofrecen a sus ojos. “Dímelo en latín”, reclamaba el personaje de la novela de Juan Goytisolo, Señas de identidad. En latín se escribe el lema de mi universidad: en la fase de redacción de los estatutos, para darle solemnidad y pedigrí a una institución fundada en febrero de 1991 por acuerdos de las Cortes Valencianas, se fabuló que heredaba la tradición de las aulas de latinidad de siglos pasados y se encargó a un antiguo clérigo que rebuscara en sus libros una sentencia rotunda; la encontró en el preceptor de Nerón: Sapientia sola libertas est, la libertad está en el conocimiento. Bonita simplicidad que podría suscribir cualquier sátrapa, dichoso de encerrar en la ciencia lo que pertenece a la sociedad.

Dímelo en inglés o en cualquier lengua que vede el contenido a la comprensión de la mayoría, solicita hoy el presidente Camps a propósito de la enseñanza de Educación para la Ciudadanía, que es tanto como pedir que se dicte en sánscrito porque previamente los alumnos no han alcanzado un nivel suficiente del idioma y, lo que es más importante, se carece de un profesorado con la doble cualificación exigida, en la materia y en la lengua. Si la medida hubiera ido acompañada de un plan de inmersión lingüística la iniciativa no hubiera resultado tan extemporánea. Pero no se pide igual trato para las matemáticas o la literatura a pesar de los magros resultados que arroja el Informe PISA sobre la educación en nuestro país, incluidos los idiomas extranjeros. Mientras en otras comunidades autónomas se enciende la luz de alarma y las autoridades se aplican a remediar la deficiente formación con la que los estudiantes salen de las aulas, en la Comunitat Valenciana bajo la égida del Sr. Camps del País de las Maravillas el problema consiste en adaptar las disposiciones legales a la opinión de la jerarquía eclesiástica, tradicionalmente dispuesta en España, como es conocido, al fomento de los valores cívicos, tal y como se puso de manifiesto en su defensa de la democracia entre 1931 y 1975 y su firme oposición a la violación de los derechos humanos durante la dictadura. La calidad solidaria de la Conferencia Episcopal vuelve a revelarse en la tasa de escolarización de menores pertenecientes al colectivo inmigrante y de rentas bajas en los colegios religiosos concertados, posiblemente igual o superior al de los centros públicos. ¿O no es así? Es verdad que la triada moral de la cultura andina –no robar, no mentir, no engañar- puede ser para otros una evidencia de lo inevitable del choque de las civilizaciones contra la que hay que protegerse. En fin, ¿a qué venir con eso de formar en tolerancia, igualdad de hombres y mujeres, cooperación, rechazo a la injusticia social? Eso es “adoctrinar” a los jóvenes, reponen los detractores de la nueva asignatura.

De hecho, podemos debatir la utilidad de la enseñanza curricular de una materia como la mencionada. Francamente, tengo mis dudas. Medio siglo de nacional-catolicismo no logró mediante la persuasión disciplinaria hacer de España la reserva espiritual de Occidente. Ocho o diez cursos consecutivos de estudio de religión no han servido para hacer de los católicos nominales unos observantes efectivos ni mejores personas que los agnósticos. La enseñanza de la ética durante décadas no ha mejorado la calidad de los comportamientos de los individuos. Tal vez fuera preferible explicar la difícil construcción de la noción “derechos humanos” y el desarrollo de los derechos civiles y políticos, realidades concretas, que regresar a la filosofía moral y al catecismo secularizado. Pero eso es historia, que en el plan de las enseñanzas primaria y secundaria se funde a menudo con la geografía y las llamadas “ciencias sociales”, en un popurrí de difícil digestión.

Nos serviría más a todos que el presidente Camps y sus colaboradores gobernaran conforme a los usos parlamentarios que estipula el Estatut, garantizara la pluralidad en los medios de comunicación públicos y no tratara de condicionar los medios privados. Sería preferible que compareciera en las Corts de manera habitual para someterse al control de los representantes de los ciudadanos, cualquiera que sea la lengua elegida para responder a la oposición: hasta el inglés que propugna debiera estarle permitido, con tal de que respetara la institución central del régimen autonómico. Quizá también debiera tomar cartas en el asunto y evitar que las instituciones sirvieran para blindar a altos cargos y a sus familiares frente a la acción de la justicia por presuntos delitos, antes que ordinarios, de una vulgaridad vergonzosa.

Hay quien se sirve con provecho del doble-lenguaje –al modo descrito por Orwell en su novela 1984-, y hay quienes, como un sector de los dirigentes socialistas valencianos, optan por una actitud autista que prescinde de la comunicación articulada y remite a los signos, lo que a tenor del humo debe indicar algún grado de combustión interna cuando ya pensábamos que se había extinguido la materia orgánica. ¿Qué lenguaje utiliza el Partido Popular valenciano? Desde luego, resulta capaz de ser atendido con rara fidelidad por la mitad de la población, y sin embargo cada vez es más parecido al gesticulante gruñido de una memorable película de Charles Chaplin sobre la fascinación del liderazgo sobre ciertas masas y la dificultad de la gente corriente para hacerse entender. Tal vez el problema sea otro: lo de menos es la lengua que se emplee cuando hay tan poco interesante que decir.

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