Luz, más luz

Hemos presentado el libro El secuestro de la democracia en Valencia, Alicante, Castellón y Enguera (en la foto). En dos semanas, del 5 al 19 mayo, hemos pasado por la capital que quería serlo del Mare Nostrum y ahora disputa el título de metrópolis de la cosa nostra, al Sur luminoso y el sobrio Norte, cacicatos que pueden ser identificados por sendas causas judiciales: Gürtel, Brugal, Fabra. La geografía de la corrupción mediante un uso discrecional y abusivo de la administración de los servicios puesta al servicio de tramas clientelares. Se ha incluido una visita al transpaís (el transpaís también existe, diríamos en recuerdo de Mario Benedetti).

Por fin parece existir una realidad vertebrada después de tantos años lamentando su falta de articulación, esto es, la existencia de un espejo unificando donde reconocerse. Lo unifica el manto narcotizante que cubre este país de nunca jamás, el país donde la cosa pública cada vez aparece más subordinada al interés privado y donde no existe otro interés más interesado que el que comienza por uno mismo (dijo el tesorero del partido, el adjudicador de servicios, el comisionista que ve incrementado su patrimonio particular). Nada nuevo bajo el sol, sostiene un asistente de acento sudamericano entre el público, en Alicante: ustedes no han inventado nada, todo esto ha sucedido y sucede en América Latina, afirma. Tiene toda la razón. Sucede igual en ciertos países asiáticos. Somos poco originales. ¿Cómo vamos a serlo? Basta repasar los indicadores de I+D+i  de la Comunidad Valenciana: invertimos poco en ciencia e innovación y el crecimiento económico, en las etapas en que se produce, ha descansado desde 1995 en la expansión del empleo poco cualificado y en sectores de gran volatilidad. Si no lo hacemos en capítulos de rentabilidad probada, es menos probable que se haga en política. La corrupción al servicio de la hegemonía política, está bien, admitámoslo, es una variante conocida en otros lugares. La originalidad, la anomalía valenciana, consiste en desarrollar de manera amplia y eficaz el modelo en un país que pertenece al contexto desarrollado y con una democracia homologada, estable, avanzada. La originalidad va acompañada de una operación extensa y prolongada de ilusionismo que consigue hacer ver al respetable lo que el programador desea que vea. Desde cómo somos, a quién es el “enemigo” que frustra nuestros sueños colectivos, pasando por ignorar las tasas de desempleo superiores a la media española, el retroceso imparable en la renta de la Comunidad en quince años o la obtención del campeonato nacional en deuda pública por habitante y algunos de los peores índices de  gasto per cápita en salud y de resultados escolares.

En Valencia, una estudiante de segundo de Periodismo celebra el enfoque del libro. Le sorprende que tres de los autores seamos historiadores de formación y al menos dos estemos en ejercicio; el tercero, Antonio Laguna, hace tiempo que se ha especializado en teoría de la comunicación aplicada a la política. Por fin, dice, encuentra sentido a la Historia, esa materia en la que siempre se anuncia lo que vendrá después y se llega al final del curso, de cada curso, sin haber hablado de los antecedentes inmediatos, del tiempo presente en clave histórica, de lo que realmente importa, el contexto del tiempo vivido. Habría que comenzar el temario por el ahora, sostiene. Importan también otras épocas, otros momentos “inmediatos”, experiencias sucedidas a otras generaciones. Pero tiene razón: algo va mal, que hubiera escrito Judt, y la Historia puede ayudar a explicarlo. O el método del historiador, atento a prácticas sociales, a intereses, a teorías y experiencias comparadas, a la combinación de condiciones impersonales y decisiones individuales, nunca alejada de los actores sociales, con la mirada puesta en la esfera del poder, donde se decide, en los mecanismos de participación: lo más parecido al cálculo multivariable aplicado a un análisis cualitativo. Bueno, a la vista de las sumas presuntamente apropiadas por la banda que sienta plaza en el Palau de la Generalitat y la calle Quart, el análisis  nada tiene que ver que los viejos sistemas indagatorios y comienza a requerir la misma sofisticación que ha llevado a la policía judicial a incorporar expertos en economía, fiscalidad, informática y otras áreas antes ajenas.

En ese sentido, el libro ha sido un buen ejemplo de interdisciplinariedad, de diálogo entre perspectivas complementarias. Algo va muy mal. Conocerlo ayudará a combatirlo, con la opinión, no solo con la ley. Si la democracia enferma, la solución pasa por revitalizarla, por buscar más democracia, luz, más luz.

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