La manía de documentarse (I)

Ruibérriz, personaje recurrente de las novelas de Javier Marías, un buscavidas destinado a entrar por derecho propio en la historia de la literatura, en la última obra, Los enamoramientos, es mencionado en los quehaceres más diversos. Entre ellos, reúne documentación para “novelistas históricos puntillosos”, dice, detalles sobre el vestuario, los objetos, las costumbres de otra época, “todas esas cosas superfluas con las que los lectores se aburren y los autores creen lucirse”, añade el narrador.

Hay escritores que preparan sus novelas históricas por sí mismos. Durante una etapa leen y se documentan sobre el pasado, intentando impregnarse de detalles y en cierto modo del ambiente que después recrearán en sus ficciones, en busca de verosimilitud. Viene a ser como la construcción del decorado de la obra, la selección del vestuario y la preparación del atrezzo.

La información la creen tanto más imprescindible cuando la futura obra ha de versar sobre una figura histórica. A esa labor previa, a menudo, la llaman investigar. Puede llevar unas semanas en la hemeroteca, en los más puntillosos unos meses de lecturas. A un historiador profesional esas declaraciones, porque después suelen ilustrar el esfuerzo que han llevado a cabo para documentarse, viene a producirle una amplia sonrisa.

Cada novela es una novela histórica, se ha sostenido, pues excepto las que de manera deliberada se sitúan al margen del tiempo suceden siempre en un momento y éste, por definición, es histórico. Las mejores novelas históricas acontecen en el presente y en el tiempo vivido por el autor. Las buenas novelas poseen la verosimilitud ambiental que sabe transmitir la experiencia.

Hay novelas de época que son meras viñetas históricas y dependen en buena medida de ese cúmulo de “cosas superfluas” para existir y ser reconocidas en el género. Otras, las destinadas a perdurar y a entrar en la categoría de literatura, sostienen argumentos fuertes por sí mismos, que han buscado el cobijo de un personaje histórico o una época en la que encuentran su máxima expresión. Pienso en El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi de Lampedusa o las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, cuya elaboración consumió casi media vida de los autores, posiblemente menos debido a la labor de documentación que al trabajo con las palabras y las situaciones. Pienso también en El siglo de las luces y en las restantes novelas de Alejo Carpentier sobre el ciclo revolucionario de las Antillas, en El general en su laberinto, de García Márquez, en su recreación de Simón Bolívar. En fin, en la saga sobre la familia Claudia por Robert Graves. Son obras muy diferentes a lo que habitualmente encontramos en las librerías a la cabeza de ventas bajo ese rótulo, peripecias de ambiente histórico que guardan una relación con la época similar a la literatura de ciencia ficción con el futuro redactada por autores sin base científica efectiva. O series de televisión, tan disparatadas y de tanto éxito, como Los Tudor.

Mario Vargas Llosa, flamante premio Nobel de Literatura en 2010, después de escribir vibrantes obras que tomaban por escenario el mundo en el que había crecido y vivido, llegado un momento, dio un giro a su carrera literaria y decidió ambientar sus historias en episodios del pasado y en una u otra figura que llamaba su atención. El gran público, ajeno a la literatura experimental de sus primeras obras, se lo agradeció. La guerra del fin del mundo, sobre las revueltas milenaristas del Amazonas, La fiesta del Chivo, sobre la figura y muerte del dictador Trujillo, El paraíso en la otra esquina, sobre el pintor Gauguin y la feminista peruana-francesa Flora Tristán. Todas son, de hecho, novelas de tesis, por lo común con un componente ideológico fuerte. Todas se leen bien en el verano y todas poseen algún grado de verosimilitud. Las campañas de promoción de sus editores suelen incluir reportajes en los que ilustra su pasión por documentarse y hasta por visitar los lejanos lugares donde una vez habitaron sus personajes.

Cualquier historiador encontrará sin dificultad en las obras citadas costuras documentales mal punteadas y algún que otro anacronismo. En La fiesta del Chivo, en mi opinión, la más lograda de las novelas de este ciclo, los dominicanos hallaron excesivas deudas con la bibliografía disponible, a pesar de que residió un tiempo en la isla y le dieron todas las facilidades en el Archivo General de la Nación para que pudiera consultar los papeles del dictador. Algún autor puntilloso presentó demanda por plagio.

Hasta llegar a El sueño del celta (2010), publicada en coincidencia con la concesión del Nobel, convertida por ello en obra de amplia difusión. A ella dedicaremos el próximo comentario.

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