La manía de documentarse (II): El sueño del celta

En El sueño del celta, su última novela, Vargas Llosa se ocupa de la figura de Roger Casement, un hombre ávido de aventuras que entró al servicio del Imperio británico y más tarde levantó acta de dos de las mayores atrocidades del siglo XX, en el Congo y el Amazonas, para terminar sus días condenado por alta traición y connivencia con el enemigo, pues en plena guerra contra Alemania tuvo la peregrina idea de buscar su alianza para que respaldase una invasión de Irlanda y lograr con ello la independencia de la isla, después de convertirse al nacionalismo.

Para documentarse, Vargas Llosa disponía de los memoriales escritos por Casement y que recientemente han sido publicados en español como La tragedia del Congo (con textos de otros autores, como Mark Twain) y Diario de la Amazonía (Ediciones del Viento, 2010 y 2011). En ellos se ilustran los abusos, la crueldad de las explotaciones colonial en África y en la frontera peruano-colombiana a propósito del acopio del caucho, así como la magnitud de la tragedia. El fantasma del rey Leopoldo, un libro de Adam Hochschild (Península, 2007), es el mejor estudio documentado sobre el horror congoleño.

Son buenos ejemplos para meditar sobre el origen de las prácticas de terror y exterminio genocida, previo al desarrollo de las ideologías totalitarias, siempre que sigamos considerando al colonialismo (y a la neocolonización interna en ciertas naciones) ajeno a tales fenómenos y no como su antecedente directo, sólo que llevado a cabo por occidentales –Estados y empresas privadas- desde supuestos políticos y económicos liberales y en nombre de la civilización.

Vargas Llosa contaba además con la información hemerográfica sobre el proceso a Casement y aprovecha, tal vez en exceso, la campaña de difamación que se siguió por la orientación homosexual del reo, para construir una vertiente bastante libidinosa del sujeto, convirtiendo cada inclinación real o imaginaria en una mórbida transgresión.

En lo que hace a la primera parte del libro, la experiencia en el Congo, por más que discuta a Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas tiene garantizado un lugar en los lectores de hoy y de mañana; tengo la impresión que el texto de Vargas Llosa, tenebroso como un informe oficial, del que no consigue despegarse, y reiterativo en la descripción de los excesos, queda bastante por detrás del clásico, a pesar de una buena pluma que nadie le discute.

Sostiene Vargas Llosa, a través de Casement, que la explicación de Conrad sobre el envilecimiento del alma humana y las condiciones en que aflora a la superficie en un medio bárbaro no hacían justicia al continente negro y, a la postre, respondía a una visión lastrada por cierto catolicismo y su concepción del mal absoluto. Pudiera ser. Sin embargo, nunca me ha parecido ver en Conrad reminiscencia alguna de dilemas morales auspiciados por principios religiosos sino una indagación constante sobre los pliegues de la conciencia y las contradicciones del ser humano, capaces de construirse su propio infierno sin necesidad de ninguna maldición divina o de la condena por sus debilidades.

Vargas Llosa tampoco atribuye al capitalismo liberal y expansionista la razón última de los crímenes cometidos durante la colonización de África o la explotación de los nativos de la Amazonía. El prejuicio que vela la evidencia, en este caso, sin ser religioso, participa del mismo fundamentalismo de la religión vivida intensamente. Su credo económico le aleja de esta interpretación, que juzgaría esquemática, simplificadora, materialista vulgar y de conclusiones amenazadoramente anticapitalistas.

Para Casament/ Vargas Llosa, el móvil de las atrocidades cometidas en la explotación del caucho se resume en la codicia humana, el afán desmedido de riqueza obtenida a cualquier precio y a costa del sacrificio de vidas ajenas. La codicia ha sido la explicación que hemos escuchado al banquero Bernard Madoff al razonar la confianza que llevó a ilustres inversores a confiarle sus ahorros. La codicia fue la explicación ofrecida por Barack Obama al explicar la conducta de las entidades financieras de Wall Street en la reciente crisis, como si las desregulaciones del mercado de capitales de las últimas décadas hubieran sido ajenas al fatal desenlace.

Al final, el dilema se resuelve en términos morales y al recurso a uno de los pecados capitales tipificados por el cristianismo. Es el ser humano y no un determinado sistema y la moral que lo auspicia el culpable de la tragedia. No podía ser de otra manera, conforme a su determinada manera de pensar.

Escritor puntilloso, Vargas Llosa viajó al Congo actual para documentarse. Los créditos anexos a la novela dan cuenta de numerosos agradecimientos a quienes facilitaron su periplo.

El autor, en cambio, nunca se preguntó por el destino del caucho que con tanto afán despiadado se hacía recolectar a los nativos. En un pasaje, de pasada, menciona el progreso de los países civilizados –la motorización- y la demanda de la industria del automóvil. Claro, que cuando Casament efectuó su indagación sobre el Congo, en 1903, la industria del automóvil todavía distaba de ser industria, y cuando viajó al Amazonas, en 1910, el caucho sólo en una pequeña parte se destinaba a los neumáticos de los vehículos. Al parecer, es un detalle insignificante. La codicia comienza y termina en quien la alberga. El interés, en cambio, es social, puede reconocerse en una sociedad y en un sistema.

Buena parte del progreso que facilitaba la vida en los países adelantados precisaron en un momento dado del látex, del mismo modo que más tarde los derivados del petróleo darían lugar, entre otras, a las fibras sintéticas. El material médico, los laboratorios farmacéuticos, la industria química, los artefactos relacionados con las instalaciones higiénicas de las viviendas, las telas impermeabilizadas (el familiar hule), los juguetes, las pelotas de tenis o de basket, las gomas de borrar, los depósitos de tinta de las plumas estilográficas y un sinfín de artículos que hacían la existencia más cómoda empleaban goma rígida o flexible, fabricada con el látex originado en el caucho. Luego llegó el automóvil y la demanda creció de forma exponencial.

Nadie en el Occidente avanzado quiso saber nunca la modalidad de trabajo a la que se recurría para producirlo. Como muy pocos, un siglo después, se preguntan por las condiciones de la mano de obra de la India, Tailandia, Indonesia o China cuando compran calzado deportivo, una prenda de vestir o un artefacto electrónico. Menos aún sobre las condiciones laborales en numerosos sectores de América Latina. El sistema continúa, sin recurrir al terror de los golpes y las amputaciones, en una miseria extrema y sin horizonte paliativo porque el Estado se abstiene de regulaciones y de redistribuir la renta mediante servicios básicos como educación, sanidad y otras prestaciones complementarias que requieren de un régimen fiscal equitativo y progresivo. En el universo ideológico ultraliberal de Vargas Llosa, eso es un intervencionismo que frustra la iniciativa individual. Un paso más y llega la denuncia de los populismos como la mayor de las tragedias que azotan el continente del que es originario. Otro, y alerta de la amenaza de nuevos totalitarismos que en su opinión, a menudo, germinan en utopías imposibles. Algunos lo llaman compromiso con la sociedad. Sin duda lo es. También es literatura al servicio de una concepción ideológica.

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