El descrédito de las instituciones

La nueva no tiene desperdicio: Francisco Camps, presidente de la Generalitat que se ha visto obligado a dimitir del cargo debido a su próximo procesamiento por un delito de cohecho, presidente de un partido y de un gobierno sobre el que acaba de abrirse una causa en el Tribunal Superior de Justicia por presuntos delitos de prevaricación, financiación ilegal, fraude y falsedad documental, entre otras, formará parte del Consejo Jurídico Consultivo de la Comunidad Valenciana. A la vista de la trayectoria de Camps, examinada por la justicia y a falta de una condena que por el momento lo habilita para el desempeño de puestos públicos, es poner al zorro a guardar las gallinas.

El Consejo Jurídico, en definición de la ley por la que se creó, es el órgano consultivo supremo en materia jurídica de la administración autonómica, del Consell y, en su caso, de las administraciones locales. La ley prevé que los ex presidentes de la Generalitat sean miembros natos y vitalicios del Consejo Jurídico siempre que lo soliciten, con voz y sin voto pero con las correspondientes retribuciones, que ascienden a cerca de 58.000 euros anuales.

Corruptos a la prisión, solicitaban las protestas del movimiento del 15-M. Ningún imputado en las listas electorales, añade la opinión pública, si hemos de creer las encuestas del CIS. Pues bien, uno de cada cinco diputados del grupo popular de las Cortes valencianas se encuentra inmerso en una causa por delitos graves. Y el ex presidente, que en el último momento retiró la firma de su inculpación en un caso de cohecho y debe afrontar en otoño un juicio con jurado, entra en el máximo órgano consultivo que vela por la legalidad de las decisiones del Consell. Suma y sigue.

El descrédito de la institución autonómica sube otro peldaño. Sucede poco después de que las Cortes valencianas votaran un acuerdo que debía ser unánime y del que a última hora se descolgó Compromís, por el que se designaban los miembros del Consell Valencià de Cultura, órgano asesor de la Generalitat. En su mayor parte ha quedado integrado por políticos veteranos pasados a la reserva, muchos respetables pero con una escasísima trayectoria en materia cultural. La maniobra de Compromís de negar el voto acordado y esperar que los demás grupos cumplieran el pacto, dejó fuera a su candidato, Francesc Mira, reputado hombre de letras, premio nacional de literatura y de traducción, entre otros galardones que tiene en su haber.

En una de las primeras reuniones del ya convulso periodo legislativo, que en pocos días ha asistido a dos investiduras de presidente de la Generalitat, los partidos aprobaron por unanimidad incrementar un 11% la aportación a los grupos parlamentarios, unos 400.000 euros. Se pretextó la existencia de un grupo más. El número de diputados no ha variado. En medio de una política de recortes del gasto público y, previsiblemente, de los servicios que se ofrecen a los ciudadanos, el gesto es poco edificante.

Una de las primeras medidas adoptadas por el alcalde de Benidorm, el socialista Agustín Navarro, que en la pasada legislatura obtuvo la alcaldía gracias al voto de un disidente del PP, acción que le valió un expediente del PSOE y la baja voluntaria en su partido para evitar su expulsión, maniobra que fue condenada por la Comisión del Pacto nacional Anti-transfuguismo, consistió en reducir el número de asesores de los grupos pero conservar para sí la retribución de 92.000 euros. Es una cifra similar a la que percibe Rita Barberá, en Valencia, y superior a la del presidente del Gobierno, superior en 30.000 euros a la recomendación de la Federación de Municipios y Provincias para poblaciones del tamaño de Benidorm.

Todo ello en medio de un clamor sobre la regeneración democrática, la transparencia y la exigencia de honestidad a los servidores públicos.

Claro, que el gobierno de Castilla-La Mancha ha pasado a presidirlo De Cospedal, secretaria nacional del PP, la misma que hace dos veranos, sin duda con las meninges afectadas por la ola de calor, anunció a los medios de comunicación que era objeto de una operación de espionaje decidida por el Ministerio del Interior y Juan Cotino, presente de las Cortes Valencianas no tiene inconveniente, un día sí y otro también, en proclamar que el gobierno de España, con el auxilio de los fiscales y los jueces, vulnera el Estado de derecho.

Malos tiempos para la lírica, peor para los principios, y sin éstos es difícil llegar a un buen final.

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Escuchar está bien, ¿pero a quiénes?

El gobierno y la dirección del partido llevan tiempo afirmando que su problema consiste en explicar lo que hacen. Es parte del problema: es evidente que se explican mal.

La pregunta es si una vez explicadas las políticas aplicadas, que están salvando al país de caer en el abismo económico, y explicado que gracias a la orientación dada se están preservado las prestaciones sociales; si una vez comprendidas, simpatizantes, electorado y militancia se conformarán con tanto desempleo, con un horizonte laboral para los jóvenes tan desesperanzador, con los desahucios de las viviendas, la caída de los ingresos familiares, con los recortes de retribuciones de los funcionarios y de puestos en la administración.

Cuando se expliquen bien, deberán decirnos porqué las opiniones de Joseph Stiglitz, de un keynesianismo ortodoxo, partidarias de incrementar los impuestos, en particular los directos sobre el capital y sobre quienes más ganan, y de impulsar el gasto público, son propuestas perfectamente ignoradas. Lo paradójico es que Stiglitz es asesor de la Fundación Ideas, el laboratorio creado por el PSOE y puesto bajo la dirección ejecutiva de ex ministro Jesús Caldera.

Después de los titubeos iniciales, con el Plan E y el último empujón al gasto en infraestructuras, el giro forzado por el dictado del FMI, la recomendación de Obama (incapaz de resolver sus asuntos domésticos) y la insolidaridad de la Unión Europea –desde la Comisión al Banco Central, pasando por el directorio de facto franco-alemán, una burla al Tratado constitutivo de la Unión-, la política económica española se decidió por la ortodoxia monetarista: la guerra sin cuartel al déficit mediante el recorte del gasto público, el recurso a la deuda únicamente para enjugar su desviación actual, la reducción de la masa salarial y el incremento de los impuestos indirectos, como es sabido, los más injustos en proporción a la renta. Escuchar, se ha escuchado, pero a ese taumaturgo sin rostro y todopoderoso llamado “mercados”, que promete orientarnos, salvarnos y dejarnos en la más completa ruina.

La debilidad y crisis del sistema financiero español, del que las cajas de ahorro son su máximo exponente pero no el único, junto a la pérdida de garantías, están convirtiendo el crédito en un fantasma del que se conoce su existencia pero nadie consigue ver. El estancamiento económico y el incremento de la inflación hacen el resto, y juntos, con los restantes factores citados, como diría el clásico del balompié, achican el espacio del consumo y así es difícil jugar, salir adelante.

Explicaciones. Hacen falta. También exigencia de responsabilidades. Pero ante todo, faltan nuevas ideas que permitan afrontar la crisis económica y social, que ya es crisis política, desde perspectivas progresistas. Escuchar, hacer, explicar, está bien. Tampoco vendría mal pensar. Tampoco resultaría inoportuno situar las propuestas, las ideas y las acciones en un horizonte, definir la meta y el camino, acordar con quiénes, con preferencia, se desea andarlo.

Y entre tanto, el Partido Socialista debería ofrecer muestras inequívocas de austeridad y de buen gobierno, allí donde todavía lo ostenta. Eso sirve para la dirección nacional como para las direcciones territoriales, de repente arrebujadas en la fórmula Rubalcaba, como si del bálsamo de Fierabrás se tratara, sanador de todos los males y tapón momentáneo de los errores propios, los recientes y los actuales.

Con las elecciones generales convocadas para el mes de noviembre, sólo un resultado menos malo del que presagian las encuestas evitará un amplio y profundo estado de postración en la izquierda. ¿Es suficiente? Tal vez lo sea para los cuadros dedicados a la política profesional. En tal caso, es previsible que la indignación se dirija hacia ellos.

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Ideas… y acción!

Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001, de visita en España, se reúne en el parque del Retiro el 25 de julio con un grupo del movimiento de los indignados. Ante ellos, sostiene: “No se pueden cambiar las malas ideas por la ausencia de ideas, sino que hay que buscar buenas ideas”. Y añade: “para traerlas al debate público hace falta mucha organización y liderazgo”.

“No se pueden cambiar las malas ideas por la ausencia de ideas”. Esta obviedad, de sentido común, se eleva a categoría de genialidad cuando quien la enuncia es un talento reconocido internacionalmente. A veces hace falta que los sabios emitan mensajes de esta naturaleza aunque sea lo mismo que piensa el verdulero de mi calle y el fontanero que repara la cañería de mi casa. La ausencia de ideas no conduce a ninguna parte. La simulación de tenerlas sólo retrasa la misma conclusión.

El movimiento 15-M, después de haber proporcionado un aldabonazo a la conciencia del país, en particular de la izquierda. La izquierda, por tradición, se supone más receptiva ante los asuntos que los llamados “indignados” han puesto encima de la mesa. El movimiento 15-M tiene ante sí numerosos retos. Uno de ellos es convertir la protesta indignada en ideas, las peticiones en propuestas  que puedan ser debatidas fuera de sus círculos y asambleas.

Mucha organización y liderazgo. Sea convencional o de nuevo tipo. Son ya bastantes las voces que reclaman a los movilizados que se doten de organización y promuevan líderes que sirvan de interlocutores. Posiblemente, la recomendación bienintencionada sigue pensando en organizaciones tradicionales y en liderazgos al uso. Observo el parlamento español o el que tengo más próximo, el valenciano, y no sé si el modelo es aconsejable o si también el mensaje aprovecharía a los partidos del establishment.

Nuevos movimientos tienen el derecho a establecer sus reglas y sus formas de representación. Ha sido siempre así. El dilema no es tanto ese, aunque ayudaría saber si el movimiento es capaz de organizarse más allá de las redes donde intercambiar pareceres, hacer poesía política y promover convocatorias.

El dilema es si el movimiento aspira a constituirse en un grupo de presión en defensa del interés público, de los excluidos –la legión creciente- y de quienes no se consideran representados por el sistema para forzar a éste a iniciar un proceso de cambio, o decide entrar en el sistema promoviendo la creación de partido político de nuevo tipo, al estilo de lo que en los años ochenta supuso la emergencia de Die Grünen -Los Verdes- en Alemania y más tarde en otros países europeos. La segunda opción podría incluso converger con la operación, confusa hasta el momento, que impulsan la Fundación Equo y los partidos territoriales partícipes del llamado Espacio Plural. Demasiado batiburrillo, por el momento, demasiadas particularidades que atender y conciliar. El parto de Die Grünen, desde el agrupamiento de movimientos sociales contestatarios (pacifistas, ecologistas, nueva izquierda y defensores de los derechos civiles) a la fundación del partido en 1980 y el triunfo interno de los realos, llevó más de un lustro.

Por razones que los dirigentes de Izquierda Unida parecen los últimos en comprender, ésta opción no recoge los réditos del desencanto de quienes piden más política, política de otra forma, a la izquierda y basada en más democracia.

Un eventual triunfo electoral de la derecha dura que representa hoy el Partido Popular y la aplicación de la terapia de choque que encierra su programa semioculto puede alentar la acción en uno u otro sentido, después del amplio desengaño que para muchos, en particular para los indignados, ha supuesto el gobierno socialista de mayo de 2010 a esta parte.

En ambos casos, movimiento de presión o partido, el camino será largo y no exento de dificultades. ¿Llevará a alguna parte?

El partido descolocado en todo este temblor político y social que puede acabar en terremoto es el Partido Socialista. En los últimos quince meses se ha ido enajenando a su electorado y ha desconcertado a una parte de sus afiliados. Felipe González ha acertado ha expresarlo cuando decía que seguía siendo militante pero estaba dejando de ser simpatizante. Uno no sabe si el antiguo presidente del gobierno considera las medidas adoptadas demasiado lentas, carentes de directrices, ineficaces o insuficientes desde una perspectiva liberal o desde una verdadera profundización socialdemócrata. El jarrón chino, además de incomodar el paso a sus sucesores, lúcido en la denuncia de la desaparición del liderazgo europeo y del compromiso débil de Zapatero con las reformas, gusta de declaraciones crípticas.

La misma afirmación de González llevada al electorado no militante posee una carga de profundidad devastadora: si éste deja de simpatizar, si la desafección se extiende, las consecuencias para el tamaño del futuro grupo parlamentario socialista sólo puede ser sombrío, sombrío en extremo.

Harán bien los estrategas del PSOE en mirar a su alrededor, a Europa, y ver cómo partidos socialdemócratas un día sólidos y mayoritarios, con numerosos afiliados y de indudable influencia social, unos languidecieron mientras otros se han instalado en un porcentaje de voto en torno del 25-30%, supeditados a gobernar, en su caso en regiones, mediante acuerdos laboriosos y frágiles con otros socios, cada vez más exigentes al comprender la debilidad de la izquierda de referencia.

En política, al igual que reza la letra pequeña de ciertos productos financieros, rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras. Hoy por hoy, el Partido Socialista tiene por descubrir su suelo electoral, que creía consolidado, mientras se alientan alternativas que desafían al sistema tal como está conformado y, en la medida que nacen a la izquierda, lo desafían a él. ¿Lo sabe?

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Leo Strauss, de nuevo, autor de cabecera

La verdad política, en numerosas ocasiones, resulta incomprensible o inconveniente a la gente corriente, tomada en un estado de infancia permanente, incapaz de discernir la complejidad de los asuntos públicos y las consecuencias últimas de grandes principios dotados de valor universal y de sentido ético, pero totalmente improcedentes muchas veces en el gobierno efectivo de las sociedades, que en otro caso quedarían desamparadas ante sus adversarios o se caminarían irremisibles hacia la autodestrucción. La mentira piadosa, la mentira conveniente, por el contrario, puede estar al servicio de causas nobles.

Las tesis de Leo Strauss que acabamos de resumir llegaron para quedarse entre nosotros. En síntesis, el pensador se despacha con una mezcla de cinismo que pretende pasar por sabio y de desprecio por la mayor conquista de los doscientos últimos años: los derechos que cimientan la ciudadanía, la autoridad soberana de la gente corriente, aquella que los clásicos llamaron el pueblo, los usos democráticos.

La obra de Strauss, un pensador fallecido en 1973, causó furor en los círculos republicanos de los Estados Unidos que acabaron refundando la tradición conservadora y dieron lugar al movimiento neocon. Los think tank neocon tuvieron su momento de oro con George W. Bush. ¿Quién no recuerda las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión y la destrucción de Irak? ¿O el Eje del Mal y tantos otros enemigos ficticios que alentaron la política de rearme para satisfacción del complejo militar-industrial (la expresión pertenece a alguien tan poco sospechoso de izquierdista como el presidente Eisenhower)? O, por situarnos en la versión española del fenómeno, ¿quién no recuerda la participación de José María Aznar en la cumbre de las Azores y las cuarenta y ocho horas de infamia gubernamental que siguieron al atentado del terrorismo islamista de Madrid, el 11 de marzo de 2004, cuando la mentira “piadosa” se empecinó en atribuir la masacre a ETA, buscando réditos en las inminentes elecciones?

Medios bastardos y pretensiones políticas se abrazan en la estrategia de los autores del argumentario que cada mañana elaboran los cabeza-pensantes del Partido Popular y que se encargan de repetir uno tras otro sus voceros Esteban González Pons, María Dolores de Cospedal, Javier Arenas, Ana Mato y, si no anda muy fatigado, el mismo Mariano Rajoy.

Ante la actualidad valenciana han alcanzado el grado óptimo de manipulación. En buena medida, se comprende. Arenas era vicepresidente del gobierno que en 2004 se empecinó en mentir a la ciudadanía. González Pons fue consejero de Camps y artífice de las adjudicaciones de las concesiones de televisión digital terrestre, siempre a los amigos políticos que crearon una trama de comunicación afín, algunos tan inconvenientes como para aparecer después en causas judiciales por los delitos más variopintos. Mato fue una de las beneficiadas por la generosidad de Correa, el capo que da nombre a la trama Gürtel, que sufragó un viaje de placer a su familia. Cospedal, secretaria general del PP, todavía no ha ofrecido una explicación del procesamiento del tesorero nacional de su partido y, se entiende, estrecho colaborador suyo, Luis Bárcenas, imputado en la causa Gürtel por delito de financiación ilegal.

Unidos en sociedad, Federico Trillo y el actual presidente de las Cortes valencianas, Juan Cotino, ambos socios también del Opus Dei (fracción político-militar), han asesorado a Paco Camps desde que en febrero de 2009 se destapó el caso de corrupción política más importante de la España democrática, que tiene su epicentro en la Comunidad Valenciana. Pretendieron convertir una secuencia continuada de abusos, fraudes y falsedades en un trance desafortunado, la inverosímil adquisición de unas prendas de vestuario obsequiadas por una organización mafiosa con la finalidad de ganarse la voluntad de quienes adjudicaban contratas, según los indicios considerados por el juez que lleva el caso.

La verdad depende del color con el que se mire, parecen decirnos. O en términos posmodernos: siempre podemos encontrar dos o más lecturas de la realidad, en palabras del malversador, como si los hechos fueran de una flexibilidad tal que se doblaran y se enderezaran, se produjeran al gusto e interés del observador, ajenos a cualquier consistencia. Explícaselo usted al juez.

En su ilusión, la ilusión del delincuente, del mirón o de la víctima, las cosas sucedieron como las sintió o las percibió. Es sin duda una realidad, la suya, pero no necesariamente la verdad.

Fueron más de tres trajes, una veintena larga de prendas. Vieron indicio de delito cinco magistrados del Tribunal Supremo, que ordenaron reabrir la causa. Y así hasta llegar al tragicómico episodio del procesamiento por cohecho, la autoinculpación de dos de los imputados y la declaración de inocencia de otros dos por los mismos hechos, que precedieron a la dimisión del Molt Honorable President. Así también hasta la apertura por el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana de una causa por prevaricación, delito electoral, fraude y otras lindezas que implican a la cúpula regional del PP y a parte del anterior gobierno, el presidido por Camps.

Cotino, entre tanto, sigue a lo suyo: son víctimas, dice, de una cacería organizada por el Ministerio del Interior y la policía nacional, policía de la que un día fue ¡Director General!

Cotino eleva sus plegarias mientras sigue a pie juntillas las tesis de Leo Strauss, que jamás habrá leído, y alienta la noble mentira. Entre tanto, sigue sin facilitar a la opinión los contratos que durante más de una década ha realizado la Administración con la empresa de su familia, Sedesa, mencionada en la causa Gürtel por pagos ilegales destinados a la financiación del PP. Sea todo por una buena causa.

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Fuera de nuestra órbita

“Cierto es: estamos dotados de un imperfecto poder para propagar nuestro júbilo en ocasiones más allá de los límites impuestos por la naturaleza. Sin embargo, está establecido que, por ignorancia de los idiomas, la carencia de relaciones y las dependencias, y por las diferencias en la educación, las costumbres y los hábitos, nos hallamos con tantos impedimentos a la hora de comunicar nuestras sensaciones fuera de nuestra órbita, que a menudo todo acaba en total imposibilidad”.

La cita pertenece a Laurence Sterne y a su libro Viaje sentimental, un texto casi póstumo, de 1768, delicioso, se decía en su época para calificar este tipo de lectura, que acaba de publicarse en español.

Donde el autor, de natural optimista cuando carecía de motivos para serlo, entregado a mediados del siglo XVVIII a hallar argumentos para celebrar la vida desde el distanciamiento irónico alumbrado por la lucidez del conocimiento humano, donde el autor dice júbilo, podría haber dicho propagar nuestras divagaciones y nuestras incertidumbres, las sospechas y las que tenemos por certezas, las opiniones, en suma, que nos hacen lo que somos y dibujan nuestra diferencia.

Propagar, comunicar nuestras sensaciones, a la vuelta de dos siglos y medio, ha dejado de ser una imposibilidad total, al margen de los límites que sigue oponiendo la naturaleza, la barrera idiomática, los hábitos y la escala educativa. Esto último sigue reproduciendo segregaciones que no advertimos siquiera entre los usuarios de una misma lengua: la utilizamos para armar oraciones, pegamos palabras para expresar conceptos y, al final, los públicos, y hasta quienes tenemos por medianamente ilustrados, habituados a un lenguaje que llamamos ordinario, de la calle, cuando muchas veces ha sido recibido de los medios de comunicación social que subestiman la inteligencia de lo que llaman “gran público” donde solo ven mercado, los públicos, decía, prefieren mensajes simplificados, con los efectos en cadena que eso supone, pues los medios escritos se simplifican, asimismo, recortan las secciones de opinión, reducen su extensión y en consecuencia la capacidad de argumentar o de sugerir, éstas se convierten en capsulas de rápido consumo y de digestión todavía más fácil, se contagian del lenguaje y del formato twiter.

Con más motivo, la búsqueda de la máxima eficacia, el discurso político sigue la misma orientación y los mensajes se transmutan en una constante construcción de titulares, oraciones breves, directas, de impacto, que consigan conectar con un determinado estado de opinión que a la vez se alimenta de mensajes similares. Tal vez asistamos al regreso del género epigráfico, sólo que vulgarizado, más como mensajes publicitarios que apelan a las necesidades y a las emociones que como ideas o pensamientos, porque la reflexión, puede deducirse, parece estarle vedada al destinatario, del que se dice falto de tiempo pero al que se imagina idiotizado.

Fuera de la órbita de cada cual, nuestras sensaciones a menudo acaban en una total imposibilidad. Nos queda el ensayo (para nuestra órbita y otras similares) y nos queda el blog. Sterne nos proponía viajar en pos de nuevos sentimientos que descubrir y ser transmitidos. Habremos de conformarnos con navegar por el ciberespacio. Más sencillo, menos intenso -y con seguridad, menos interesante para muchos-, pero una buena forma de compartir ideas y pareceres.

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Hoy puede ser un buen día

Hoy, ¿por que no?, puede ser un buen día para hacerse presente en la blogosfera. Antes que la opción de seguir escribiendo y volcando textos pasados sin exponerlos crezca hasta el extremo de conformar una suerte de obras completas en red para uso personal de su autor.

Aquí nos encontraremos. Con un dominio sencillo de recordar: http://www.josepiqueras.com

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Algo va mal, también aquí

La corrupción, en política, no resta sufragios a quien la práctica. Ni otorga beneficios a quien la denuncia. Nada que no se supiera. Al menos, lo primero con la derecha, lo segundo con la izquierda. Lo confirman los resultados del 22 de mayo en la Comunidad Valenciana, Madrid, Baleares y otros ámbitos de la geografía nacional investigada por la policía y la Justicia. Mala noticia para la salud democrática de una sociedad. Los estudios de opinión llevan hace años registrándolo, dos, en nuestro caso, desde que se destapó el caso Gürtel, la trama de financiación ilegal del Partido Popular por empresas beneficiarias de contratas públicas que utilizaban una red de empresas de servicios como pantalla. La sociedad que convive con la corrupción política prefiere creer que ésta responde a un estado natural, que es consustancial al hecho político y no guarda relación con sus condiciones de vida: de un lado está la cosa pública, de otro lo que realmente importa, la esfera privada, que sin embargo, cuando las cosas van mal es menos privada, exclusiva de uno, y se traslada la responsabilidad al gobernante.

¿Cómo será que Francisco Camps y su aparato de agip-prop tenga hipnotizados a los ciudadanos de la Comunidad Valenciana hasta el punto de crean sus palabras, olviden las imputaciones judiciales que se ciernen sobre el personaje y consideren que es el máximo defensor de sus intereses, y que es el gobierno central quien ha de responder de toda la gestión, en particular, de lo que va mal? El 48,53% de los votantes le han dado la razón. “Todos somos valencianos, ¡qué le vamos a hacer!, resignación hermano: hay crímenes peores…”, escribió Max Aub en la dedicatoria de sus Crímenes ejemplares a su paisano, el historiador de la literatura Ignacio Soldevila. El sarcasmo convertido en arma de legítima defensa, menos frente a los demás que ante la realidad que nos rodea, gris, vacua, indiferente.

Los medios de comunicación, los periodistas y los opinadores no han tardado en dividirse entre quienes miran a Madrid (“Zapatero, culpable”: los recortes sociales ante la crisis y la falta de respuestas ha retraído a los votantes progresistas), y los que reclaman a los socialistas valencianos, los grandes derrotados del 22-M, una mayor dosis de autocrítica. Sólo parece existir un crimen peor que el de ser valenciano: ser socialista valenciano… Resignación hermano. Pareciera que insistir en las marrullerías del partido en el poder hiciera de uno un mal perdedor. O que el veredicto de las urnas convierta en menos ciertos los abusos, las denuncias y la desigualdad con la que se compite ante el electorado. Al final, el desfondamiento socialista, el hundimiento sin paliativos del suelo electoral, ha tenido sus beneficiarios, otros grupos de izquierda y de la semi-izquierda vernácula.

Un lectura de este tipo ofrece ventajas para casi todos: traslada la responsabilidad de la debacle a Madrid –si la estrategia da réditos a Camps, por qué no la iba a dar a la oposición, pero en ese caso, ¿para qué una autonomía en la que ningún agente es autónomo y además no desea serlo?-. La explicación es sencilla y fácil de asumir por el público al que se dirige, pues también el PSOE ha retrocedido en otros lugares de España: todos en el mismo paquete. En la práctica, permite rectificar –sin reconocerlo- la estrategia de denuncia sobre la que ha descansado la campaña electoral (Dignidad), una vez se ha demostrado totalmente errónea puesto que el público no la ha comprendido. Mirar hacia fuera, además, permite tender puentes hacia la nueva situación: dejar que la Justicia actúe y centrarse en los asuntos ordinarios en el inicio de la nueva legislatura (añadido: los jóvenes han dado la espalda al partido del republicanismo cívico que tanto ha hecho por ampliar los derechos civiles… y tan poco para propiciar un horizonte laboral a los demandantes de primer empleo y desempleados cuando llegó al crisis).

Tal vez una lectura de este tipo, jaleada en los medios de comunicación, con la excepción de Josep Torrent y Joaquín Ferrándis, en El País, ofrezca posibilidades veladas a la mirada del mero observador. Indirectamente, supone aceptar el papel subordinado, subsidiario, de la oposición. Al menos por un tiempo.Habrá que volver sobre las tesis del partido que además de dominante, resulta dirigente, condiciona la reacción y la línea del oponente. Ya no es que el PP/Camps elabore la agenda política, como hasta ahora, sino que lo haga sin la resistencia pasada, mientras se prepara la ocasión de que admita sugerencias (estación intermedia de la impotencia: acomodarse en el talante negociador y dialogante de otras épocas, en Valencia y en Madrid a la espera de tiempos mejores). Cautivo y desarmado el ejército rojo, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos; la guerra ha terminado, uno de los contendientes ha ganado. Resignación, hay crímenes peores… pero están tipificados en el código penal.

¿Será que el hipnotismo ha derramado sus efectos sobre nuestros analistas más preclaros y los ha sustraído de considerar las condiciones en las que se han desarrollado los recientes comicios? Habrá que preguntarse por qué la media electoral del PP nacional ha sido del 37,5%; es la misma que hace cuatro años, pese a que el desplome socialista crea el efecto de un avance arrollador. En la Comunidad Valenciana el PP se sitúa once puntos por encima de esa media. El mérito es indiscutible. Más aún con la dirección del partido y la cúpula del gobierno autónomo acusada ante la Justicia de siete delitos: prevaricación, tráfico de influencias, cohecho, financiación ilegal, delito fiscal, falsedad en documento mercantil y blanqueo de capitales. Después de dieciséis años gobernando y una considerable campaña de desgaste en su contra debido a tanto escándalo, apenas retrocede tres puntos porcentuales y mejora en un diputado el resultado de la anterior legislatura.

Volveré a leer El secuestro de la democracia. Corrupción y dominación política en la España actual como si me fuera totalmente ajeno, por si puedo comprender mejor lo que ha sucedido, lo que sucede y lo que, según creo recordar que se sostiene en sus páginas, seguirá sucediendo. Porque lejos de ser un libro de intervención en campaña electoral, parte de una “guerra sucia”, como ha sido denunciada en declaraciones, artículos y blogs de campaña del PP, los mismos que han ocultado que uno de cada ocho diputados populares electos en la CV está inmerso en causas judiciales por corrupción, el libro disecciona un panorama nada complaciente, nada optimista, y presagia –si no hay reacción, y no la hay en la sociedad civil por el momento- un futuro más complicado para todos.

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La fabricación del voto cautivo

(Publicado en EL PAÍS, Comunidad Valenciana, 19 de mayo de 2011)

Favores por adhesiones, protección a cambio de sumisión. La transacción es antigua y se reviste de intercambio con apariencia de reciprocidad: doy para que des. En política, el intercambio clientelar es desigual, por más que una de las partes pueda pensar que sale beneficiada por aquello de que sólo entrega el voto y concede a éste un valor escaso, según apunta el antropólogo James Scott. El recaudador capta voluntades en forma de sufragios y asigna recursos públicos de forma discrecional, promete hacerlo, mientras los adversarios y los indiferentes quedan a la intemperie, son excluidos. El patrón se ofrece como el nexo con la administración, facilita la existencia cotidiana y dispensa ayudas: desde pequeños trámites y recomendaciones, a empleos interinos en la función pública o en las empresas adjudicatarias de servicios locales y provinciales; cuando se busca la fidelización corporativa, las ayudas llegan en la modalidad de subvenciones y de inversiones. El límite legal es impreciso. El clientelismo sobre organizaciones de la sociedad civil y empresas incrementa la dimensión de la protección mutua, siempre acordada a espaldas del interés general, pues en la facultad discriminatoria reside la influencia de quien la practica. El resultado supone un vaciamiento de la noción de ciudadano, desigualdad y encarecimiento en la prestación de los servicios, lastrados por el plus que reciben las clientelas. La desafección hacia la política está servida, en particular entre los jóvenes.

La ampliación de los nexos a las empresas –clientelismo económico- nos conduce a la cuestión de la corrupción, útil tantas veces para sostener el juego de la influencia: el ejercicio de una autoridad que se separa de la concedida por las urnas y ha de someterse al control público; proporciona al que la ejerce una continuidad en el poder, más poder, incluso la capacidad de condicionar la estrategia de la oposición, condenada a la impotencia. La actual Comunidad Valenciana es un ejemplo perfecto. El precio que ha pagado se refleja en el estado de sus cuentas públicas, en los desequilibrios detectados en la prestación de servicios, en su anémica sociedad civil. Entre tanto, se deprecia su régimen democrático, pues como afirma Gellner, el clientelismo tiende a crear “un sistema, un estilo, un clima moral” que promueve desigualdad de poder y un determinado clima moral, o la ausencia del mismo. Todos perdemos como sociedad. Algunos, pocos, ganan.

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Luz, más luz

Hemos presentado el libro El secuestro de la democracia en Valencia, Alicante, Castellón y Enguera (en la foto). En dos semanas, del 5 al 19 mayo, hemos pasado por la capital que quería serlo del Mare Nostrum y ahora disputa el título de metrópolis de la cosa nostra, al Sur luminoso y el sobrio Norte, cacicatos que pueden ser identificados por sendas causas judiciales: Gürtel, Brugal, Fabra. La geografía de la corrupción mediante un uso discrecional y abusivo de la administración de los servicios puesta al servicio de tramas clientelares. Se ha incluido una visita al transpaís (el transpaís también existe, diríamos en recuerdo de Mario Benedetti).

Por fin parece existir una realidad vertebrada después de tantos años lamentando su falta de articulación, esto es, la existencia de un espejo unificando donde reconocerse. Lo unifica el manto narcotizante que cubre este país de nunca jamás, el país donde la cosa pública cada vez aparece más subordinada al interés privado y donde no existe otro interés más interesado que el que comienza por uno mismo (dijo el tesorero del partido, el adjudicador de servicios, el comisionista que ve incrementado su patrimonio particular). Nada nuevo bajo el sol, sostiene un asistente de acento sudamericano entre el público, en Alicante: ustedes no han inventado nada, todo esto ha sucedido y sucede en América Latina, afirma. Tiene toda la razón. Sucede igual en ciertos países asiáticos. Somos poco originales. ¿Cómo vamos a serlo? Basta repasar los indicadores de I+D+i  de la Comunidad Valenciana: invertimos poco en ciencia e innovación y el crecimiento económico, en las etapas en que se produce, ha descansado desde 1995 en la expansión del empleo poco cualificado y en sectores de gran volatilidad. Si no lo hacemos en capítulos de rentabilidad probada, es menos probable que se haga en política. La corrupción al servicio de la hegemonía política, está bien, admitámoslo, es una variante conocida en otros lugares. La originalidad, la anomalía valenciana, consiste en desarrollar de manera amplia y eficaz el modelo en un país que pertenece al contexto desarrollado y con una democracia homologada, estable, avanzada. La originalidad va acompañada de una operación extensa y prolongada de ilusionismo que consigue hacer ver al respetable lo que el programador desea que vea. Desde cómo somos, a quién es el “enemigo” que frustra nuestros sueños colectivos, pasando por ignorar las tasas de desempleo superiores a la media española, el retroceso imparable en la renta de la Comunidad en quince años o la obtención del campeonato nacional en deuda pública por habitante y algunos de los peores índices de  gasto per cápita en salud y de resultados escolares.

En Valencia, una estudiante de segundo de Periodismo celebra el enfoque del libro. Le sorprende que tres de los autores seamos historiadores de formación y al menos dos estemos en ejercicio; el tercero, Antonio Laguna, hace tiempo que se ha especializado en teoría de la comunicación aplicada a la política. Por fin, dice, encuentra sentido a la Historia, esa materia en la que siempre se anuncia lo que vendrá después y se llega al final del curso, de cada curso, sin haber hablado de los antecedentes inmediatos, del tiempo presente en clave histórica, de lo que realmente importa, el contexto del tiempo vivido. Habría que comenzar el temario por el ahora, sostiene. Importan también otras épocas, otros momentos “inmediatos”, experiencias sucedidas a otras generaciones. Pero tiene razón: algo va mal, que hubiera escrito Judt, y la Historia puede ayudar a explicarlo. O el método del historiador, atento a prácticas sociales, a intereses, a teorías y experiencias comparadas, a la combinación de condiciones impersonales y decisiones individuales, nunca alejada de los actores sociales, con la mirada puesta en la esfera del poder, donde se decide, en los mecanismos de participación: lo más parecido al cálculo multivariable aplicado a un análisis cualitativo. Bueno, a la vista de las sumas presuntamente apropiadas por la banda que sienta plaza en el Palau de la Generalitat y la calle Quart, el análisis  nada tiene que ver que los viejos sistemas indagatorios y comienza a requerir la misma sofisticación que ha llevado a la policía judicial a incorporar expertos en economía, fiscalidad, informática y otras áreas antes ajenas.

En ese sentido, el libro ha sido un buen ejemplo de interdisciplinariedad, de diálogo entre perspectivas complementarias. Algo va muy mal. Conocerlo ayudará a combatirlo, con la opinión, no solo con la ley. Si la democracia enferma, la solución pasa por revitalizarla, por buscar más democracia, luz, más luz.

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Tiempo presente y conflicto de competencias

Javier Paniagua publica el 9 de mayo de 2011 en la edición valenciana del diario El Mundo, en su columna habitual (Confidencias), el artículo Historiadores y periodistas. Es una acotación a las consideraciones contenidas en el artículo de Jesús Civera y una defensa de la competencia del historiador para interpretar el presente, además de imcluir un recordatorio sobre las equívocas creencias sobre objetividad, política y transcurso del tiempo.

Dice lo siguiente:

“Uno con los años discrimina y elige qué columnistas leer a lo largo de la semana en la prensa española y extranjera. Entre ellos, aquí en la CV, siempre me parece sugerente Civera. Tiene un estilo que ha ido puliendo con el tiempo y se nota un periodista leído, y no sólo de solapas. Sin embargo, algunas veces sus razonamientos me remiten a moldes anticuados. Así, en su análisis sobre el libro de Piqueras et allí sobre el secuestro de la democracia y las formas que adopta la corrupción defiende un corporativismo trasnochado: una cosa es ser periodista y otra historiador. Este tendría que dejar un tiempo -¿cuánto?- para valorar el presente y poder distanciarse de la cotidianidad del cronista diario al que utilizará posteriormente  en las hemerotecas para articular la interpretación de una época. Es decir, piensa lo mismo que Mommsen, el positivista alemán del siglo XIX, que le dio a la Historia su categoría profesional y que creía que sólo después de que los hechos del presente se hayan asentado pueden ser analizados con objetividad. Lo demás es entrar en el espacio reservado al periodista que tiene la franquicia de relatar la realidad circundante. No existiría, por tanto, la Historia del tiempo presente para los profesionales del pasado, o no se sabe bien cuantos años han de transcurrir para tener esa perspectiva que nos permita alejarnos de las pasiones del momento para que el historiador no se trastoque en periodista. Siguiendo este discurso ningún periodista debería tampoco de trastocarse en novelista y aquellos que lo fueron como Truman Capote, Hemingway o Norman Mailer debieron limitarse a transcribir lo que transcurre delante de su ojos. Sus obras de ficción estarían fuera de lugar dentro de la distribución de competencias profesionales.

”Todo historiador, por tanto, como Hobsbawm o Judt, que interpretan el presente hacen en el fondo análisis políticos, mientras que los que estudian el feudalismo, las guerras púnicas o Napoleón III estarían haciendo historia verdadera y no política. De tal guisa que aquellos que interpretaron el reinado de Fernando VII como una monarquía absolutista necesaria, que fue virando gracias a ministros como López Ballesteros o Calomarde hacia un liberalismo moderado que llegaría con la majestuosa reina Isabel II, estaban haciendo ciencia y no defendiendo el franquismo como una etapa histórica necesaria para alcanzar al final la democracia. Gregorio Moran que hace una interpretación de Ortega o de Suarez, por cierto obviadas en la prensa diaria, traicionaría a la profesión de periodista y sus obras no serían análisis históricos, sino crónicas políticas de la actualidad. Entramos así en los compartimentos cerrados. Cada uno que se dedique a lo que señala su título profesional y fuera de vasos comunicantes en las ciencias sociales no vaya a ser que aumente la competencia.”

Fin de la cita.

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